¿Qué “gusto” tiene darle todos los gustos a los hijos?

Habitualmente surge entre las madres la inquietud acerca de si está bien darle o no “todos los gustos” a los hijos. Bajo la hipnótica imagen de la mamá y su bebé, encantados por el efecto de la postal en la que se deduce que esa mujer está “colmada” de amor, y su bebé, colmado de ella, yace cierta analogía con esto mítico de ser llenada por él, o vaciada- en caso de que no la colme- y con la excusa de la ingenuidad, pasamos por alto, que no puede confundirse la relación madre-hijo, así, tan teñida de ilusiones, con la relación de ese niño con los objetos y el mundo; pues hay que limitar esta función “colmadora” y redefinir si dar todo lo que un chico quiere, pide o imaginamos que necesita , tiene que ver con el amor o más bien, con una suerte de distracción respecto del ser: ser mujer- función colmada por los hijos, tal como presentábamos en la nota anterior- y ser hijo, como función de quien viene prematuramente al mundo, a quien la mamá debe satisfacer en un primer momento, pero que debe soportar frustrarlo luego, para no enfermar en esa fantasía omnipotente de “tengo todo lo que quiero”, porque las consecuencias pueden ser por demás angustiantes.
Es sabido que mamá provee a su bebé de todo lo que en principio necesita, es decir, construye para él la relación bebé-medio ambiente; que el bebé sin la madre no puede sobrevivir es una consecuencia de la natural indefensión del infante humano. Pero en la obra de Donald Winnicott, aparece en este sentido un planteo a los términos en las cualidades objetivas de la madre como imprescindibles para el desarrollo normal del bebé. Dichas cualidades son las que Winnicott incluye en el concepto de madre lo suficientemente buena: ser suficientemente buena dista mucho de darlo todo. Una madre porta la preocupación de proveer alimento, abrigo y todo lo que concierne a las necesidades vitales de su hijo, lo que va generando en él la ilusión de que es él mismo quien crea eso que obtiene,y así comienza a “jugar” con su control omnipotente. Un niño “crea” en un principio el objeto que lo nutre, y este se constituye como su primera posesión. Pero ¿realmente lo posee? Y aquí entra en la escena el tan afamado “punto de vista”: ¿ese pecho de quién es?, ¿es YO?, ¿es NO YO?...
Con el tiempo, y no podemos tomar a la ligera la obra de Winnicott pero intentaremos tomar algo más de ella, el chico debe aprender a usar ese objeto, y entre la posesión y el uso- en esa zona transicional- creará un universo de significación; por lo que no se tratará después de los objetos y cuáles, sino del uso que se les de. También hemos tratado el tema del uso de los juguetes en notas anteriores, pero retomamos sólo la importancia de que una mamá pueda soportar la ansiedad que le genera que su hijo le pida algo y decirle las palabras mágicas: NO. Porque una madre lo suficientemente buena también tiene que desilusionar a su bebé, en tanto no puede consentir el TODO. Hay algo que se tiene que inscribir en relación al no-todo y que se preserve ese todo-no, que un hijo necesita- como en su tiempo necesitó todo de mamá- para poder salir de esa ilusión de poseerlo todo.
Algunos conocerán la tragedia de Eurípides, Medea, en la que esa madre acuchilla a sus propios hijos para vengarse por la traición que sufriera por parte de Jasén. Al oírla surgen todo tipo de atributos aberrantes hacia ella: ¿cómo es posible que una madre asesine a sus propios hijos? ¿No se supone que una madre debe darles todo? ¿No es eso amarlos, acaso? Pues no; nada tiene que ver con el amor el dar y mucho menos, darlo todo. Amar tendrá más que ver con romper, dejar caer ese artificio en el que se puede poseerlo todo, y nada ni nadie real puede irrumpir ese momento necesario de desencanto, a menos que pague altísimos costos por ello. Medea amaba tanto a esos hijos que eligió matarlos ante la posibilidad de que Jasén se los quite, como si fueran cosas. (El universo de cosas se edifica sobre cosas). Amaba tanto a Jasén, su marido, el padre de sus hijos, que no soportó perderlo, como si fuera un objeto preciado, y obró en función de su excesivo amor. ¿Es eso amor? 
Y por otro lado, ¿qué hace papá cuando su hijo pide algo y mamá se lo da? Porque será el padre, quien aparezca para  desarticular esa imagen ideal, fantástica, encantadora, hipnótica, de una madre colmada con su hijo a quien a su vez colma de amor y de todo lo que cree que necesita, y para recordarle a esa madre, que es su función romper con el encantamiento. Era el padre, Jasén en el mito, el único quien podría haber impedido que Medea asesinara a sus hijos, simplemente, quitándoselos. La función del padre  o aquello que la sustituya ordena, organiza, establece las condiciones, tiene carácter de ley, en la medida en que dice “NO TODO”: no hay. Dice Jorge Aleman que los lazos sociales se edifican sobre el “no hay”. Por lo tanto, una vez garantizado esto y aquello necesarios de manera primordial, todo lo que por fuera se interpreta desde el punto de vista del deseo de una mamá como “necesario” y no lo es, como “gusto” y encierra  a la larga algo tan amargo como la omnipotencia consumada en el tenerlo todo, podrían comenzar a responder la inquietud aquí planteada: ¿Darle todos los gustos a mi hijo no es amarlo? Y quizás en otro momento, podamos reeflexionar acerca de la lógica que desempeña en esa frase la palabra NO.
Lic. María Cecilia Dubois. Psicóloga. M.N: 58523. Consultas y asesoramiento al: 15-5622-7591.