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Tiempos de límites:
Jerarquizar la función parental.


Hoy les propongo reflexionar juntos sobre un tema que considero fundamental en la vida de nuestros hijos y la familia: “los límites”. Debemos desmitificar  y perderle miedo a estas palabras ya que son herramientas fundamentales con la que contamos los papás, la escuela y la sociedad para la crianza y educación de nuestros hijos. Haciendo uso de ellas estaremos interviniendo saludablemente en la constitución, estructuración y armado de su psiquismo. Por eso en los primeros años de vida la existencia del otro es tan importante para su desarrollo y evolución emocional e intelectual.
El primer límite que vive el ser humano es el útero materno, entendiendo éste desde el cuidado y la protección; luego el individuo es expulsado a un mundo desorganizado para él y aparece el otro (madre) como sostén de vida, conteniendo, alimentando, amparando, y los brazos de la madre como límite en lo real. El sujeto comienza a conocer el mundo a partir de otro que lo guía, lo cuida, lo organiza, pacifica, le brinda seguridad, confianza, se ofrece como espejo donde el niño se mira y se encuentra, es el momento de las identificaciones y de las grandes “donaciones”, se dona afectos, vivencias, espacios, tiempos, “pautas de convivencias”, se va estableciendo la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal, entre lo prohibido y lo permitido. Cuando el niño comienza a gatear, caminar, a explorar el mundo por sí solo aparece un límite en lo real que es el “NO”. Aquí está asociado al cuidado, a preservarlo de los peligros (No metas los dedos en el enchufe, No toques eso porque quema, No que te vas a lastimar).
Este “No” se irá interiorizando alrededor de los 2 años y aquello que ha vivido pasivamente, comienza a ponerlo en acción con su actitud de oposición, negativismo, autoritarismo (dicen “No” a todo), con estallidos emocionales de enojo, rabietas, (cuando no se le da lo que ellos quieren) y comienzan ha registrar que ya no es prolongación del otro. El niño irá intentando ser autónomo y ensaya todas las habilidades que ha “aprendido”. Éste es el motivo por el cual lo percibimos tan mandón y en ocasiones tiránico.
Es un momento importantísimo donde el niño necesita que se le pongan límites y donde no debemos  perder nuestra posición frente a ellos y asumir con firmeza la función. Los límites deben ser claros, concretos, firmes, los niños deben sentir que hay otro que los sostiene  y se hace cargo de ellos, si ellos perciben que los padres se exaltan, vacilan, dudan, y no saben cómo tomar las riendas, recurrirán a sus berrinches, autoritarismo, peleas y desobediencia. Esto los arroja a los niños a una situación de vacío, desorientación y abandono, quedando la cúspide acéfala, sin la adecuada conducción.
Cuando le decimos a un pequeño “No te permito tal cosa....”, debe ser dicho desde un posicionamiento firme ya que ahí está funcionando la identidad de los padres y del adulto, su debilidad o no en adquirir el rol y su función el nivel de responsabilidad y decisión en la vida de sus hijos. El poner límites no tiene que ver con una acción represiva sino con una acción de los padres, lo cual conlleva esfuerzo, trabajo, continuidad en el tiempo, coherencia entre los papás, firmeza, y sobre todo amor. Porque poner límites a nuestros hijos es un verdadero acto de amor, los protege, los educa y les da la tranquilidad de que hay otro que los sostiene, permitiéndoles crecer armoniosamente en un marco de seguridad y confianza.
El límite se presenta como la “delimitación de un camino” si éste está señalizado, iluminado, nos da seguridad y confianza para seguir,  pero si esto falta, el camino se presenta inhóspito, difícil de transitar, a oscuras, transmite desconcierto, miedo, angustia e inseguridad.
Estamos asistiendo desde hace tiempo a un cambio en la jerarquización donde los niños resultan ser los manipuladores y digitadores de la vida de los adultos, y no sólo dirigen el accionar de sus padres, sino que terminan decidiendo a su antojo lo que van hacer o no con ellos mismos sin tener todavía la madurez necesaria para realizarlo (los vemos decidir sobre si toma un remedio o no cuando están enfermos, no bañarse sino quieren, faltar en forma reiterada al colegio si tienen ganas) y si el niño puede hacer lo que quiere, todo sería lo mismo y no podría diferenciar lo que está correcto de lo que es incorrecto. Esto a la vez a los niños les genera angustia y se expresa con los diferentes estallidos que pueda presentar, ya que están demandando nuestra intervención, y una legalidad que los ordene y tranquilice. Esta frase que se escucha casi cotidianamente: “nuestros hijos nos pueden” hablan de la dificultad del adulto para asumir su función parental, apareciendo miedo a asumir el rol, miedo a frustrarlos a decirles que “NO”, miedo a que no nos quieran, miedo a las reacciones que puedan provocar nuestros NO. Estamos insertos en una sociedad donde reina la confusión de valores, donde el deseo tiene que ser inmediatamente cumplido, en el todo ya, donde prima el horror ante la menor frustración y el temor al fracaso lo cual a generado “padres confusionales”,  negligentes, culposos, donde se tapan las faltas, las ausencias aún estando presentes con la cultura del tener (tener ropa, juguetes, etc.), donde muchas veces se calma la demanda de afecto con objetos, satisfaciendo todos los deseos, donde se deja a los hijos sin conocer las frustraciones reales y el no todo se puede en cualquier momento, brilla por su ausencia.
Destaco la importancia de sostenerse en la palabra frente a los hijos y cuando se dijo NO a algo poder sostenerlo, no se dejen corromper por berrinches ni chantajes, por ej: si no me comprás esto... no estudio…no ordeno...no limpio, etc. Ellos deben interiorizar que hay cosas que deben hacer por obligación y derecho. Los límites tiene que ver con el NO pero también con el SÍ, (ahora no pero después sí), no a comer golosinas antes del almuerzo, sí después; hoy no salís, el próximo sábado sí. Esto construye su capacidad de espera y tolerancia a la frustración y contribuye a ir interiorizando la voz de los padres.
La ausencia de la puesta de límites en un niño puede llevar a desórdenes emocionales, trastornos en la conducta, en la sociabilización, en la relación con la autoridad, dificultad en el aprendizaje.
Los invito a que en este viaje, ustedes tomen el timón y sean los verdaderos conductores donde los pasajeros Vip sean sus hijos, no dejemos a nuestros hijos huérfanos de padres, a la deriva, acerquémonos a lo infantil de ellos, no invertir roles ni acelerar procesos de crecimiento.
Los saluda
Lic Mariana .E. Miguez – Psicóloga - MN: 20.577 - MP: 82.187
Asesoramiento y consulta: 4758-7230