VOLVER A INDICE / NOTAS

En tiempos que corren:
“Educar sin prisa”.


¡No tengo tiempo!; el tiempo no me alcanza; ¿si el día tuviese más horas...?, son frases habituales en el discurso de los adultos; sí es verdad, no todo se puede, y más aún cuando la jornada laboral es muy larga, cuando hay que sostener y llevar adelante una estructura familiar, un hogar, no es nada fácil, criar a un hijo requiere de esfuerzo, creatividad, dedicación y planificación y un reacomodamiento permanente según las etapas evolutivas que esté transitando el niño, por eso es muy importante jerarquizar y priorizar principalmente en algunas etapas de la vida familiar donde las de-mandas son mayores, el rol protagónico de nuestros hijos.
La obsesión por hacer más y más en menos tiempo llegó demasiado lejos, se vive corriendo, y no haciendo registro de lo que verdaderamente necesitamos perdiendo la capacidad de disfrutar y valorar el encuentro con el otro y consigo mismo. Se ha realizado un culto a la velocidad, a la rapidez, a la productividad y consumo desmedido.
Esto ha tomado a la familia toda y por ende a nuestra paternidad, por eso los convoco a que pensemos juntos cómo poner freno a esta situación, reivindicando el tiempo de otra manera, brindándole a las personas y a las cosas el tiempo que merecen.
Hay una convocatoria de nuestros hijos a “Ser visibles” para los padres, no pasar desapercibidos, que su presencia y su palabra tenga un lugar jerarquizado en el deseo de los padres.
Ser escuchados, cuidados, mimados, que sus intervenciones y opiniones sean tenidas en cuenta. “El ser invisible” a la mira-da de los padres puede hacer estragos, provocar carencias afectivas, trastornos en la personalidad, dejar huellas significativas  para la vida adulta. Por tal motivo hay etapas en la vida familiar en donde las manifestaciones afectivas, las cercanías, las presencias, el contacto físico, el tiempo dedicado y la comunicación cotidiana, son fundamentales en la vida del niño.
La crianza de nuestros hijos no se repite, no puede esperar, de-tengámonos en ella, no perdamos la oportunidad única de estar presentes en su crianza. Nuestros hijos “son niños hoy” cuidemos al niño que tenemos en el presente y no caigamos en esta tendencia del apuro. El apuro por verlos crecer, en que se acerquen a nuestro mundo adulto, cuando en realidad es tiempo de acercar-nos los papás a lo infantil de ellos. No sólo estemos presentes exigiéndoles, esperando de ellos que sean inteligentes y exitosos, que aprendan una variedad de habilidades deportivas, creativas o sobrecargándolos  con deseos y ansiedades propias.
Es lógico y natural que como papás queramos lo mejor para ellos, para su porvenir, pero... ¿qué quieren ellos?: Quieren   tiempo, tiempo sin apuros, tiempo de jugar, de estar consigo mismo, con  sus  afectos, su familia, tiempo para aburrirse, para hacer fiaca. Por eso es importante empezar a desoír las constantes demandas externas y centralizarnos en lo interno, en la calidez de los vínculos y en las demandas de afecto y atención.
El cansancio, la falta de tole-rancia, la paciencia, el estar desbordado de obligaciones y responsabilidades, nos hace caer en la queja constante:  “no tengo tiempo para nada”.
No compensemos las faltas con objetos materiales o respondamos a los reclamos infantiles con múltiples pro-gramas, porque ellos en realidad necesitan que los papás puedan proveerlos de momentos placenteros dentro de la rutina cotidiana.
Es más saludable que el chico sepa que sus papás le van a dedicar un  tiempo exclusivo para ellos priorizando la calidad a la cantidad del mismo. Por ejemplo, al regresar del trabajo que ellos sepan que pueden incluirse en las tareas hogareñas junto a los papás y mientras tanto charlar y comentar lo vivido en el día. Esto se puede hacer mientras se cocina, en el momento del baño, en el orden de la casa, cuando se va al supermercado, o cuando los papás lavan el auto, y así numerosos momentos en los que podemos compartir en familia. También es bueno poner un ratito la cola en el piso y leer un cuento cortito, armar un rompecabezas, ver fotos..., como así también poder destinar un momento en la semana para dar lugar a la demanda de ellos y acordar una cita, un momento de encuentro para ir a andar en bici, caminar, ver  vidrieras, ir al club, a una plaza, que sientan que el tiempo que están juntos con ellos es tan valioso como el compartido en el trabajo o con amigos.
A nuestros hijos les encanta pasar tiempo a solas con nosotros, brindémosles la posibilidad para que ello acontezca y que ellos sientan fundamentalmente que es algo placentero para nosotros. Regalarles recuerdos, anécdotas, vivencias y momentos gratos en familia es el verdadero tesoro que le podemos legar.
No los hagamos padecer del mal de la época: “la enfermedad del tiempo”. El dolor del apuro deja secuelas irreversibles. Apostemos a una mejor calidad de vida, establezcamos rutinas familiares y horarios disponibles a compartir  según la organización familiar, ellos lo agradecerán. No sentirse culpables por el tiempo que no se está, sino apuntalar el tiempo en que sí estamos. 
Disfrutemos junto a ellos.
Los saluda
Licenciada Mariana E. Miguez, Psicóloga.
MN: 20.577 - MP: 82.187 - Asesoramiento y consultas: 4758-7230