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La importancia de la rutina
en la infancia.


Todos nosotros tenemos una rutina diaria. Pensemos por ejemplo desde que nos levantamos: nos bañamos, nos lavamos los dientes, nos vestimos. Todas las mañanas sostenemos más o menos la misma organización. ¿Qué sucede cuando algún imprevisto en la vida cotidiana altera nuestra rutina? Descubrimos que se acabó la pasta dentífrica, se cortó el agua…. ¿Cuál sería nuestro estado anímico? ¿Cómo reaccionaríamos?
Pensemos entonces, juntos ahora, qué le pasaría a un niño si su devenir cotidiano se viese frecuentemente alterado: cambios, imprevistos, alteraciones cronológicas, etc.  Sobre todo, teniendo en cuenta que, en la primera infancia, los niños dependen casi enteramente de sus padres. Éstos últimos son quienes deben enseñarle al niño los hábitos de conducta, a través de la repetición y la perseverancia en el tiempo. De este modo, el niño sabe a qué atenerse, su día a día se va tornando previsible, por ende, seguro para él.
En esta línea, es importante considerar que, los niños no adquieren la noción de tiempo hasta después de los 7 u 8 años. Por eso, confunden “antes y después”, “ayer y mañana”. El modo de poder prever algo de lo que va a suceder es a través de las rutinas y la repetición de los hábitos de comportamiento que van instalando paulatinamente cierto ordenamiento diario.  De este modo, aprenden por ejemplo, que después de bañarse se come, o que leer un cuento en la cama es la antesala de un sueño reparador.
La rutina supone orden e instala cierta legalidad a la cual el niño responde.
Es así como, el establecimiento de normas claras y constantes en la vida diaria, genera que cedan, o al menos se minimicen, las conductas disruptivas y las negociaciones en relación a los hitos cotidianos como por ejemplo, el momento de lavarse los dientes. Si el niño, ya sabe, que después de comer se lava los dientes, esto ya estará establecido así y al poder anticiparlo lo irá procesando para luego, llegado el momento, realizarlo sin oponer resistencia.
Cada familia. establecerá sus propias rutinas, lo importante no es tanto cuáles son sino que sean llevadas a cabo diariamente. El sostenimiento de éstas constituye parte fundamental en el desarrollo del niño ya que le brindan identidad, seguridad y estabilidad emocional. La rutina implica cierta repetición que contribuye a fijar psíquicamente determinados modelos de conducta que le permitirán saber no sólo lo que se espera de él sino también lo que él puede esperar de los otros, tornando el entorno previsible, por ende tranquilizador.
Asimismo, debemos tener en cuenta que, si habilitamos a los niños a ser partícipes activos de estas rutinas los ayudaremos a ganar autonomía. Sería conveniente que, paulatinamente, los adultos a cargo de la crianza del niño, no realicen todo por él sino que le vayan otorgando cierto grado de responsabilidad de acuerdo a su edad. Por ejemplo, a partir de los 3 años un niño ya podrá ayudar a poner la mesa, a los 6 podrá atarse solo los cordones. Los niños sentirán que pueden hacer cosas solos y esto les da seguridad y confianza en sí mismos. Los adultos deben acompañarlos en las distintas etapas de crecimiento y alentarlos a tener cada vez mayor autonomía y responsabilidad.
Lo cotidiano establece la norma y dentro de cada norma existe la excepción. Cierta plasticidad es necesaria para el sano desarrollo del psiquismo. La rutina no tiene que ver con la rigidez. Ej., los fines de semana (No hay colegio, no se trabaja, la familia se reúne alrededor de la mesa).
En lo rutinario existen muchos rituales. Cada país tiene los suyos propios, tales como festejar el cumpleaños, navidad, fin de año. Estos tienen una función de cohesión, importantísima para crear un sentimiento de identidad común que represente a un pueblo. Del mismo modo, sucede en el seno de cada familia, donde hay rituales que se sostienen y se trasmiten de generación en generación y otros que se modifican o se crean de cero.
Sin duda, el ritual tiene gran trascendencia por sí mismo, sin embargo, la preparación del mismo también la tiene, ya que es un modo de anticipar lo que vendrá. Forrar los cuadernos, preparar la cartuchera ayudan a prepararse para el comienzo de la etapa escolar.
Si transformamos estas rutinas diarias, en pequeños rituales, éstos favorecerán la unidad familiar fomentando el sentido de pertenencia y contribuyendo a forjar nuestra propia identidad como seres humanos.
Pensemos que esos pequeños actos diarios, repetitivos que organizan de algún modo nuestra vida cotidiana tienen un efecto fundamental en la vida de nuestros niños ya que favorecen a la construcción de seres libres, autónomos, responsables y seguros de sí mismos.
Lic. Patricia E. Collingham
Psicóloga - Coordinadora de centro A-ser
Para consultas y asesoramiento: 4758-6231 /15.4.478.2925