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Las Rabietas

Juan, muy enojado al no conseguir lo que quería, lloraba, gritaba, y golpeaba suavemente, la mano de su mamá.
Cuando pasó la explosión, la mamá le dijo:
-Juan, ya sos más grande y  podés usar la boca en lugar de  las manos, para decir lo que te está pasando.
-Bueno mamá -le contestó Juan, abriendo la boca en un gesto iracundo. -Entonces mi boca, se transformará en un puño.
Hay muchos ejemplos de rabietas infantiles. No hace falta exigir a la memoria.
Suelen ocurrir en cualquier lugar. Dentro de la casa, en los supermercados, plazas, escuelas, reuniones familiares, fiestas de cumpleaños, cuando hablamos por teléfono o alguien llega a visitarnos, cuando estamos apurados,  y… ¿quieren agregar más?
En todas las familias hay anécdotas sabrosas, de monumentales rabietas, que narradas después de acontecidas, hasta parecen graciosas.
Sin embargo, cuando están ocurriendo, podemos sentirnos bastante mal. Creo, que debería decir, pésimo. Impotentes, frustrados, avergonzados…Algunos papás piensan ¿En qué me equivoqué al educarlo? Otras veces, ni siquiera pueden pensar. Los, que intentan superar ese difícil momento, muchas veces también se transforman y (lamentablemente) pierden el control.
Las rabietas, ocurren necesariamente en la vida de un niño, porque son evolutivas. Así como el bebé, primero gatea y luego camina. Alrededor  de los dieciséis meses, en un momento de su desarrollo, comienzan las rabietas, hermanas de los caprichos, con una tensión bastante más elevada. Disminuyen, hasta casi desaparecer -salvo en forma esporádica- cerca de los cinco años.
El niño patalea, se tira al suelo, se golpea o golpea. Llora y grita. Transpira, enrojece a veces hasta vomita. Se opone al adulto. No se quiere vestir, bañar, etc. O quiere, algo que se le negó.
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Las rabietas aparecen, cuando las emociones de ira y  frustración, exceden la capacidad del niño para asimilarlas. Entonces, aquello que los adultos podemos liberar a través de la palabra, se manifiesta, de un modo corporalmente dramático e intenso.
El niño no sabe por qué hace una rabieta. No es conciente de lo que le pasa. Sólo expresa lo que siente. Lo invade, una “bronca” desmesurada, que lo va envolviendo en una marea de sentimientos y emociones, que se desbordan. Él está inundado por la cólera. No controla, no comprende. A veces, quiere alcanzar un objetivo, por ejemplo, el juguete que le negaron. Otras, sólo es un sacar afuera la mala onda que absorbió del ambiente. O, simplemente, desea o necesita, recibir atención.
El niño enfrenta con pasión al adulto, luchando por conquistar su propia autonomía.
La diferencia entre ellas, reside en el grado de intensidad de las mismas y en el momento vital, en que ocurren.  No es lo mismo, una rabieta a los dos o tres años que a los siete, cuando el lenguaje le permite al niño, expresar sus emociones.  Cuanto más pequeño es, más inmaduro es el lenguaje y por eso, tiene menos posibilidades de servir como instrumento para que el niño pueda decir qué le pasa.
En los niños pequeños, estas conductas son un camino para construirse como un yo separado de los otros. Los comienzos de un sendero, a la autonomía.
En los mayores, puede ser una conducta reforzada por los padres, cuando han obtenido aquello que se les negaba después de una pataleta. También, la expresión de un dolor, una herida emocional  que incluye, un modo efectivo de captar la atención; porque las rabietas, despiertan una intensa atención negativa,  que  reemplaza a las caricias y a la mirada, que no recibe sin hacerlas.
Llorar para recibir alimento, era la única forma de obtenerlo, cuando eran bebés. Estas conductas se repiten, porque atraen la atención y demandan cuidado, imprescindible para la supervivencia.
El clima que se vive en el hogar, influye en este tipo de respuestas.
¿Hay demasiados conflictos? Gritos, excesivas tensiones. ¿Qué le pasa a mamá o a papá? ¿Están deprimidos?
Es necesario que estemos atentos y recordemos qué le pasó al niño antes de la rabieta.
Cuántas veces el pequeño, trató de captar nuestra atención, nos invitó a jugar o nos hizo un pedido, que no fue atendido porque estábamos muy ocupados o entretenidos con otra cosa. Ellos necesitan que los ritmos en casa, sean más lentos y relajados. Constantemente requieren contacto, caricias, miradas. Que los escuchen, que los acompañen. Tienen que sentir que estamos con ellos.
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A veces basta con dejar que el niño se exprese, y luego de unos momentos distraerlo, capturando su interés con otra cosa.
Si le dijo que no, recuerde que  aunque es más fácil acceder al capricho en ese momento, al permitir que el niño logre su objetivo, se está reforzando su comportamiento. Ya sabe cómo conseguir lo que quiere.
No gritarle, no pegarle, aunque el niño pegue o nos pegue. Tenemos que mostrarle que la violencia, es un camino indeseable y destructivo. Conversar con él, cuando ambos estén calmados. Es muy importante contenerlo después que la rabieta pase. Abrazarlo, sin que esto signifique premiarlo.
Existen otros modos de atravesar estos momentos difíciles en la crianza.
Creemos que reflexionar sobre las dificultades o interrogantes de la educación de los chicos, aporta confianza y preserva  a nuestros niños de modos de educarlos que son traumáticos y ocasionan dificultades futuras. Por eso, en nuestra escuela “Aprender con los niños nuevos”, inauguramos un espacio grupal para conversar sobre lo que nos va pasando, sobre las dudas o interrogantes. Es una forma de abrir la puerta a nuestra intuición y sabiduría interior, que iluminará nuestro camino de padres y educadores. Porque los niños de hoy, necesitan que sus papás canalicen, su necesidad de encontrar formas más adecuadas en la educación. Porque es beneficioso reunirse con otros que aportan miradas diferentes sobre estos temas. Los esperamos en este nuevo taller, para padres y educadores. 
Prof y Lic. Graciela Croatto (UBA) - Autora de: “Aprender con los Niños Nuevos” y “CuentoSueños para los niños cristal”.
Escuela para crear: www.aprenderninosnuevos.com.ar
Consultas y asesoramiento: 4659-5317