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¿Qué te cuento?

Se le ve en los ojos. Un chico que escucha un cuento de hadas querido y conocido, aunque sea por milésima vez, tiene una mirada difícil de percibir en los chicos modernos: una mirada de ensoñación. El niño absorto ya sabe que Cenicienta va a superar su cruel destino y casarse con el Príncipe, sabe que Caperucita no va a quedarse a vivir para siempre en la panza del lobo, y no tiene ninguna duda de que la Bella por fin va a enamorarse de la Bestia y salvarlo del hechizo. Y aún así, espera, concentrado, pendiente de que no falte palabra ni diálogos, el desenlace esperado. Es asombroso que la magia de estas historias antiguas como la humanidad puedan provocar todavía esta seducción en niños de la generación de Internet, pero el hecho es que lo hacen. Y lo que es más importante, no es un embeleso vacío. Cada vez más académicos se dedican a afirmarlo: estos relatos empapados de sabiduría son un alimento indispensable para su crecimiento.
Pero, ¿en qué consiste ese alimento y cómo aprovecharlo? Desde el psicoanálisis, el especialista en este tema fue Bruno Bettelheim, con su clásica obra: Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Para Bettelheim, estos cuentos cumplen una función fundamental en el desarrollo de los niños, por un lado como fuente de educación moral, y por otro como forma de elaboración de sus miedos y fantasías más primarias. “Al hacer referencia a los problemas humanos universales, especialmente aquellos que preocupan a la mente del niño, estas historias hablan a su pequeño yo en formación y estimulan su desarrollo, mientras que al mismo tiempo, liberan al inconciente de sus pulsiones”.
Pero el tipo de instrucción moral que ofrecen no es similar al de la fábula, que termina siempre con una moraleja directa. El encanto de estos cuentos es, justamente, que ofrecen sus enseñanzas envueltas en atrapantes relatos, y que cada uno toma de ellos lo que necesita y está en condiciones de entender. Por eso también un adulto que relea un cuento de su infancia hallará en él significados nuevos y ajustados a esa etapa de la vida.
Los cuentos de hadas tienen como condición, un final feliz. En todas las versiones modernas los buenos siempre ganan y los malos reciben su merecido.
Los niños se identifican con el héroe, sufren sus batallas y así se aseguran un final triunfante. Por eso es una forma de elaborar sus miedos. Al identificarse con el protagonista disminuye el nivel de angustia o miedo que le provocan temas que todavía no puede elaborar o entender. (Muerte, abandono, etc.) Este personaje le enseña que a pesar de las terribles cosas que le pueden pasar, el final va a ser maravilloso.
Bettelheim señalaba, ya en 1977, algo que ya en este siglo es realidad: “Hoy en día los niños ya no crecen dentro de los límites de la seguridad que ofrece una extensa familia o una comunidad perfectamente integrada. Por eso, es importante, incluso más que en la época en que se inventaron los cuentos de hadas, proporcionar al niño actual imágenes de héroes”.
Otra línea de interpretación es la que sigue los lineamientos de Carl Gustav Jung. Para ellos los cuentos brillan porque están llenos de “arquetipos”, figuras o patrones que forman parte del inconciente colectivo (la bruja, el héroe, el viejo sabio). Algunas interpretaciones de esta línea de pensamiento: Hansel y Gretel les muestra a los niños que pueden valerse por sí mismos, que pueden superar solos obstáculos muy difíciles. Les advierte que desconfíen de las apariencias (la casita de mazapán que es el hogar de la bruja), y muestra que un padre puede actuar mal y luego reparar su error (el padre que los abandona y luego vuelve a buscarlos). Caperucita se mete en problemas por desobedecer el mandato de su madre, que es ir a llevarle la comida a su abuela por el camino más corto y sin entrar en el bosque. Ella se demora juntando flores y elude su responsabilidad, por lo cual al final paga.
Pero existe también una corriente pedagógica que toma a los cuentos de hadas como una de sus herramientas más importantes: la Antroposofía. En las escuelas con orientación antroposófica no pasa un día sin que los chicos escuchen un cuento, y muchas veces el cuento va acompañado con una escenificación. Consideran que no se debe “explicar” el significado de los cuentos a los chicos, y que es mejor no proporcionarles demasiadas imágenes, para alentarlos a sumirse en el ensueño de la imaginación.
Sea como sea, sigamos habilitando este espacio de crecimiento mutuo, enriquecedor tanto para el narrador como para el niño.  Lo dijo el poeta F.Von Schiller en el siglo XVIII: “El sentido más profundo reside en los cuentos de hadas que me contaron en mi infancia, más que en la realidad que la vida me ha enseñado”.
Lic Carina M. Sivori - Psicoanalista.
MN 20662 -  MP 91463.
Te: 4758-1740 – 15-6953-7703.