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Mirar con los ojos cerrados

La forma en que un Padre -los Padres- miran a un hijo, es anterior al nacimiento de ese hijo. En este sentido, la preexistencia de la mirada determina que el ojo, en su función, solamente pueda ver. Un niño es especialmente perceptivo ante la mirada de sus padres, por lo tanto, más allá de cómo es visto, se detendrá en cómo está siendo mirado.
La mirada vehiculiza el deseo, y en tanto ello ocurre respecto de un hijo, se pondrán en juego, según la singularidad de cada uno, situaciones inconscientes, en las que cada niño se sentirá posicionado de diferente manera frente a sus padres.
Si ese hijo se ajusta en demasía o no a la mirada de sus padres, si se ha sentido desplazado de la mirada de ellos; si éstos lo miran en exceso -amablemente o no-; si no lo miran, etc., serán todas situaciones que implicarán consecuencias en el niño. Tales consecuencias se harán manifiestas en el transcurso de la vida cotidiana, poniendo en evidencia algo de lo que fue transmitido en esa mirada y cómo está siendo recibida por el niño.
Sepamos que con la mirada se hace lugar a la diferencia y que si bien un hijo necesita ineludiblemente de un Otro fundador, es una persona independiente de sus padres. En correspondencia con esto, sepamos entonces, que con la mirada también se hace lugar a un hijo.
Lic. Débora G. Wodzak   MP.: 81.708 – MN.: 30.647
Psicóloga Responsable del Programa de Orientación a Padres: “La Gallina Ciega” y de Assistere: Psicología Clínica. Consultas al: 4624-3601.