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QUIÉN ORDENA A QUIÉN desde la televisión?
Si el “precursor del espejo es el rostro de la madre”- tal como afirma Winnicott- ¿qué creerá un chico, gobernado por su avidez, al ver las publicidades que pueblan la pantalla de televisión durante todo el día?¿Qué dirá de otros niños que hacen su bolsos y se van de su casa porque mamá habla con una planta o porque no le gusta su propio cuarto de baño, que disuaden a sus padres para tener su primer celular, que no aceptan condiciones en la mesa a la hora de comer, que pasean en botes con su mamá como si fuera su novia? ¿Qué pensará de chicas que humillan a su papá porque las avergüenza su manera de vestir, que regañan a su mamá porque no está lista la comida y han invitado amigas? ¿Qué sentirá un chico al ver que alguien igual  a él amenaza al jefe de su padre, o le dice a él mismo que no podrá ir a jugar a la pelota o que debe dejar de atender sus responsabilidades porque tiene mucha tarea?
Winnicott habló aquí no del rostro en tanto apariencia, gesto, rasgos de la cara, sino de aquello que ya hemos mencionado: en los primeros años del desarrollo emocional de un niño, el ambiente desempeña un papel vital. Pues lo primero que se percibe escópicamente (se ve de manera objetiva) es la separación de mamá; porque antes de esa instancia, la percepción indicaba que lo que se veía (el rostro de mamá, la teta de mamá) le pertenecían, eran creados por él.  Y así, va pasando en este proceso de maduración, de una absoluta omnipotencia a la complicada pero necesaria desilusión de mirar y no verse a sí mismo ni a nada que le pertenece, y buscar formas -también creadoras- de conseguir que el ambiente en el que crece le devuelva algo de sí, de su propia imagen...¿Un espejo?
Ya hablamos en notas anteriores de la importancia de dejar caer esa omnipotencia y las consecuencias devastadoras de sostenerla, así como la de no mediar una negativa ante la demanda de los chicos, o la necesidad de que se produzca algo del orden de la desilusión frente al deseo de poseer algo, y ofrecer allí las condiciones como para garantizar otra cosa. Y ¿qué es la televisión? ¿Qué lugar ocupa en esta dinámica? ¿Qué hace la publicidad en ese espacio intersticial que se produce entre el ser y el tener? ¿Y qué es esperable que haga un papá o una mamá con esa información que parece dar cuenta de la realidad? ¿Información que se sirve de un discurso y como todo discurso no habla de la realidad sino que la crea? Y en tal caso... ¿Qué realidad crea la publicidad?
Los seres humanos aprendemos desde muy chiquitos a hacer hipótesis, pronósticos y hasta a sacar conclusiones; en este sentido, quienes establecen las pautas publicitarias, sospechan que allí donde se ha insinuado una duda acerca de quién es quién, bien puede insertarse un producto que ofrezca una respuesta, garantida, probada, testeada y aprobada -como un disparo- esto es: algo ya creado, que se recrea mientras se “crea” en ello, y que alcanza con comprarlo para poseerlo. ¿Y quién es el que cree en eso? Porque que los chicos consuman determinada información es parte de esta avidez y disposición a tomar del mundo; pero que los adultos no tamicen cierta información, equivale a su inmediata validez. Y así, infinitamente se convierte en postulado que rápidamente es concepto, por lo que la imagen televisiva ha triunfado y muy pronto, la realidad es lo que la televisión ha dicho que es.
Y es en esta complejidad, ilusoria por cierto, que se instaura un molde tan maquiavélico para generaciones enteras como el más moldeado de los planes económicos y que pueden llegar a ser devastadores: “con tal de ver/me(existir)no importa lo que veo”; mirar, ver -la televisión en este caso- pude llevar a encontrar/se en eso que se ve o no...NO, el temor al fracaso, a la muerte,a  la soledad- como escribió Rothenstein acerca de la obra de Francis Bacon, quien dicen, colocaba un espejo sobre sus cuadros para que quienes lo miraran, pudieran ver las pinturas, y no, así mismas. Ver una publicidad hecha para el consumo no es sinónimo de consumo, simplemente porque se ve, aquello que existe y es así que debo poseerlo. Cuando esto aparece frente a los chicos como opción (lo veo, existe, es mío) es el adulto el responsable de mediar, como ese espejo que colocaba el pintor irlandés junto a sus cuadros, y poner palabras allí donde las imágenes parecen decirlo todo: a las compañías de celular, que un nene de 3 años no puede irse de la casa porque su mamá no el presta atención y que  un chico de 8 o 9 años, nos se presenta en el trabajo de su papá y amenaza a su jefe; que no es apropiado ofrecer un “manual para conseguir todo lo que quieras”... A las compañías de internet, que la adolescencia es una franja de edad delicada como para sugerir que alguien puede decirle a su padre que la avergüenza y que es “impresentable”. A las empresas de jugo, que cuando un padre dice que en la mesa no se juega, Lucas no puede ni debe cambiarla por una mesa de juegos en la que se arroja comida… porque si obnubilados por la “simpatía” de esos chicos y su despliegue actoral, perdemos de vista que son los adultos quienes “ordenan” en principio las condiciones en las que se desarrolla el crecimiento de los hijos -y no la revés- ; que no es lo mismo ordenar que dar órdenes, que no es lo mismo un hijo que un novio, como pretende un spot en que un niño se viste de traje y tiene una salida romántica con su mamá; que no es lo mismo una anciano que un niño, un maestro que una mascota; que no es lo mismo comer que jugar. Y que no es lo mismo una pintura que un espejo.
Y finalmente, que la televisión pretenda vender no implica que haya que comprar. Y con comprar, queremos decir que ficción no es verdad, que adultos no son niños, y visceversa.
Como sugería Winnicott,  “el espejo real tiene importancia en su sentido figurativo”, y es la familia la que puede formular la diferencia en esa figuración de lo real. Porque hace más de cien años asomaba un Bacon con su confesión, por la que le hubiera gustado que sus pinturas se vieran como si un ser humano hubiera pasado por ellas...
Lic. María Cecilia Dubois. Psicóloga. Consultas y asesoramiento al: 15-5622-7591.