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Encrucijadas de la vida moderna.
El avance de la tecnología en los últimos años es innegable. Y la rapidez de los cambios que genera es no menos que preocupante. Toda cultura está en constante cambio, sin darnos cuenta dejamos de lado usos y costumbres que en el pasado nos eran naturales y asimilamos otros que hasta hace poco eran impensables. Cuestiones quedan en el olvido y otras aparecen para protagonizar nuestra vida cotidiana. ¿Quiénes son los que definen estos cambios? Todos nosotros. La cultura es el único mecanismo que nos define y a la cual definimos. La cultura nos define porque claramente no es lo mismo nacer dentro de una cultura que en otra. Las normas, valores, costumbres, lenguaje, roles, etc. van a ser características fundantes de nuestra vida en sociedad. Luego de ser ya parte de esa sociedad pasamos a ser parte del proceso lógico de modificación de la misma. Somos nosotros los que vamos a "aceptar" o no las modificaciones que aparecen. Y en esto, a pesar de ser un proceso involuntario, somos protagonistas. 
Volviendo al tema de la tecnología, obviamente modificó nuestra vida cotidiana, nuestra forma de comunicarnos, de vincularnos con los demás, de entretenernos, incluso de estudiar o trabajar. Y acá aparece una preocupación de muchos padres en relación al tema: ¿Cómo repercute en el desarrollo de los niños? ¿Cuál es el límite que se debe poner? ¿Qué consecuencias va a tener esta relación a futuro?
La Academia Americana de Pediatría y la Sociedad Canadiense de Pediatría establecen que los bebés de 0 a 2 años no deben tener ningún contacto con la tecnología, de 3 a 5 años restringirlos a una hora por día, y de 6 a 18 años a 2 horas por día. No es muy difícil darnos cuenta que los niños en nuestra sociedad, por lo menos, triplican estos horarios. 
Según estas Instituciones la restricción del uso de tecnologías digitales tiene sus razones. En principio la importancia de los estímulos ambientales, o la falta de los mismos son decisivos para el desarrollo temprano del cerebro. La exposición excesiva a la tecnología se asocia con déficit de atención, retrasos cognitivos, problemas de aprendizaje, aumento de la impulsividad, y la disminución de la capacidad de autorregularse.
También se restringe el movimiento, los niños juegan menos, exploran menos el espacio que los rodea, lo cual puede causar retraso en el desarrollo y en el aprendizaje. A esto también se asocia la obesidad infantil y trastornos del sueño. Se suele permitir que los dispositivos tecnológicos se ubiquen en el cuarto del niño, lo que influye en la reducción de las horas de sueño por estar constantemente estimulados. Muchas veces el vínculo dependiente de los niños pequeños a la tecnología también puede funcionar como modelo o marca de futuras adicciones o formas dependientes de vínculos con el mundo que los rodea.
Por otra parte, el avance de la tecnología y la dependencia que conlleva, ha teñido también el mundo adulto. Y aquí aparece la gran encrucijada del mundo moderno: más allá de la información que poseemos sobre todos los temas... eso no ayuda a saber cómo manejarlos. ¿Cómo regular algo en los niños que los mismos adultos no pueden regular? Primero tomando conciencia del problema que puede llegar a ser. Esto no quiere decir que la tecnología sea nociva y peligrosa en sí misma. Como en todos los órdenes de la vida, lo nocivo o peligroso es el mal uso que le podamos dar, los excesos. Sería una utopía dejarla de lado, todo lo contrario, hay que aprovecharla. Pero siempre teniendo en cuenta las necesidades del niño en cada etapa de su crecimiento... las otras necesidades. Jugar, dibujar, explorar el mundo que lo rodea, hacerse preguntas de lo que pasa a su alrededor. Que el uso de la tecnología no lo prive de la riqueza que hay para él en la realidad.
Lic. Carina M. Sívori. Psicoanalista. M.N. 20662 / M.P. 91463. Consultas al: 4758-1740 / 15-6953-7703