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La Máquina de Estrellas.

Gustavo vivía en un departamento. El departamento estaba en un edificio, y el edificio estaba en una ciudad, no era una GRAN ciudad, pero era una ciudad importante, con muchos edificios y mucha gente. También había bastantes autos y ruido. A Gustavo le encantaba su casa, en su habitación guardaba sus juguetes, sus cosas del colegio y todas las cosas que usaba cuando iba de paseo al campo o a la playa, como por ejemplo un barrilete, una patineta, varias pelotas, y hasta un telescopio que le había regalado el Tío Raúl.
Claro, en el departamento también vivían su Papá, su Mamá y su hermanita Juana.
El verano casi terminaba, apenas faltaban diez días para volver al colegio, y a Gustavo todavía le duraban las emociones de las vacaciones. Esta vez toda la familia había ido a pasar las vacaciones a las sierras. Había disfrutado en grande de los arroyos y los bosques, mirando pájaros y pescando, caminando y andando en bicicleta.
Pero lo que más había impresionado a Gustavo fue el cielo en las sierras, tan diferente al que se veía de la ventana de su cuarto, tan luminoso, lleno, llenísimo de estrellas que parecían poder tocarse con la punta de los dedos.
Y la luna.
Apareciendo inmensa por sobre las sierras, primero de color amarillo y luego, cuando estaba más alta, perfectamente blanca y además, compañera.
Sí, compañera, porque parecía que lo acompañara a donde fuera y a la velocidad que fuera, caminando, en bici o en auto, la Luna seguía ahí, yendo a la misma velocidad que él.
A pesar de que su Papá le explicó porque sucedía eso, (explicación que Gustavo entendió mas o menos) él prefería pensar que la Luna lo seguía a él y a nadie más.
Esa noche, antes de irse a la cama miró por la ventana al cielo, oscuro y con una o dos estrellas, nada más. ¿Por qué?. Gustavo corrió a apagar la luz del cuarto y volvió a mirar. Lentamente aparecieron algunas estrellas más, cinco, tal vez seis. No más.
Gustavo se preguntó que era lo diferente entre este cielo y el de las sierras, ¿Por qué acá se veían tan pocas estrellas y allá tantas? Estuvo largo rato pensando y antes de quedarse dormido decidió que había que hacer algo para poder ver más estrellas. - ya se me va a ocurrir algo....- dijo en voz alta, y se quedó dormido.
A la mañana, mientras tomaba su desayuno pensaba en las estrellas.
-¡Gus!- se sobresaltó
-¡Todavía durmiendo!, es la tercera vez que te llamo- dijo la Mamá sonriendo -Terminá el desayuno que tenemos que ir a hacer compras, ¡vamos!-
Todo el día pensó en las estrellas y cuando se estaba por hacer de noche estaba decidido a fabricar una máquina, una máquina de hacer estrellas.
Pero...¿Cómo?. ¿Cómo se fabricaba una máquina de estrellas?.
Ningún libro decía nada, nunca había visto nada ni siquiera parecido en la tele.
Claro. Después de todo si ya se hubiera inventado esa máquina, se estaría usando en el cielo arriba de su casa, dónde había tan pocas estrellas.......¿cómo?.....
-Bueno-, se habló a sí mismo, -a dibujar-.
Y comenzó a dibujar todas las maneras en que le parecía que la máquina podía funcionar.
En cuanto terminó el quinto dibujo, después de haber tirado diez más, se puso manos a la obra :
Idea 1: fabricar las estrellas con cañitas voladoras.
Gustavo convenció al Papá de que tiraran 3 cañitas voladoras juntas en la terraza, para ver que pasaba. El papá rezongó pero al final compró las cañitas voladoras y fueron juntos a la terraza.
-¡Fuego!- gritaron juntos mientras las cañitas subían altísimo largando una estela de humo y chispas. Estallaron en el cielo y se formaron cientos de estrellas luminosas. Fue un éxito por uno o dos segundos, luego se apagaron y Gustavito sintió un nudo en la garganta. Esto no funcionaba.
Idea 2: Un globo de los que se tiran en fin de año.
Las globos aerostáticos suben muy alto y duran mucho más.
Otra vez el Papá rezongó y otra vez compró lo pedido y otra vez fueron a la terraza y otra vez duró muy poco. Demasiado poco. Encima sólo era una estrella más, brillante, pero sólo una. Gustavo casi lloró.
-¿Qué pasa?- le preguntó el Papá
-Pasa que quiero más estrellas....- contestó Gustavo resignado -¿Por qué se ven tan pocas acá?
-Es por el smog- respondió el papá serio.
-¿Qué?
-El smog es como un humo que flota sobre las ciudades, el humo de los autos y las fábricas, se junta arriba de las ciudades y no deja ver el cielo claro......-
-¿y eso es malo?-
-Si. Es bastante malo, no deja que respiremos aire puro y tampoco deja ver bien las estrellas- explicó su Papá
-Pero y ...¿por qué nadie hace nada para evitarlo?
-Bueno, mmmm, algunas cosas se hacen pero parece que no funcionan bien, ¿no?-
Esa noche Gustavo pensó antes de dormir en como solucionar el problema.
A la mañana ya tenía algunas ideas de cómo combatir al humo, pero no sabía si iba a funcionar, pensó en poner carteles por todos lados para que la gente no use autos ni camiones, pero era imposible creer que la gente iba a ir a trabajar caminando o en bicicleta o en patines.....no, no iba a andar, pensó en que si todos se ponían de acuerdo y apuntaban los ventiladores de todas las casas de la ciudad en la misma dirección, el viento de los ventiladores se iba a llevar la nube lejos y volverían a ver el cielo limpio. Pero ¿podría convencer a miles de personas para que prendieran los ventiladores?......mmmmm no, no. Aparte ¿adónde iba a ir a parar esa nube? ¿a tapar el cielo en otro lado?. No esa no era una buena idea.
Gustavo siguió pensando, ese día, y esa noche y al siguiente día y a la siguiente noche también.
-¡YA ESTÁ!- gritó, ¡hay que hacer una máquina que se trague la nube, una máquina que en vez de fabricar estrellas nos deje ver las estrellas que ya está fabricadas y que no se ven!
Era una idea buenísima, ¡esta vez sí que iba a funcionar!.
Y Gustavito empezó a dibujar su máquina, puso muchos papeles en el suelo de su cuarto y la dibujó, era una máquina grandecita. NO, era una máquina Grande, más bien era ENORME, además necesitaba muchas cosas, ¡tenía que conseguirlas!, era difícil, pero valía la pena.
Entonces Gustavito hizo una lista de las cosas que necesitaba para la máquina, eran un montonazo.
Necesitaba aspiradoras, sí, de las que se usan en las casas para sacar el polvo de las alfombras y de los pisos, necesitaba muchas. También necesitaba cables, y cinta de pegar y caños y alambre y cartones y hasta una chapa, también pegamento y masa, la de hacer muñequitos.
Al lado de cada cosa que necesitaba puso el nombre de la persona que pensó que se la podía dar.
Y fue a lo de los abuelos a pedir cosas
Y a lo de los tíos a pedir cosas
Y a lo de los amigos, vecinos , negocios y hasta fue a la escuela a pedir cosas.
Y todo el mundo le prestaba lo que necesitaba, pero necesitaba mas aspiradoras y mas mangueras y pidió prestadas cosas a todas las personas que veía para la máquina.
Trabajó y trabajó, le llevó muchos días, y construyó con cartón, chapa y maderas un gigantesco embudo lleno de agujeros en donde se conectaban las mangueras de los cientos de aspiradoras prestadas, había aspiradoras verdes, grises, coloradas, azules y naranjas y todas las mangueras iban al embudo. Cuando terminó, la máquina parecía una nave espacial, no de las más lindas, pero sí de las más grandes.
Esa noche la iba a prender.
A la noche, en la terraza del edificio había un montón de gente esperando que la máquina de chupar humo, (....o de ver estrellas...), se pusiera en marcha. Hasta se había juntado gente en la vereda alrededor del edificio para ver, porque en la terraza no entraba ni un alfiler.
Y Gustavito la prendió.
El ruido empezó despacio, como una sirena bajita, pero pronto creció y creció, también empezó a temblar, se sentía que vibraba el piso y todo. El ruido ya era impresionante, y la máquina empezó a chupar todo el humo que pasaba por ahí, también papelitos y hojas, todo desaparecía dentro del embudo.
Es verdad, el viento del sur también ayudó, y la noche oscura, sin luna, también ayudó.
Despacito, despacito, las estrellas empezaron a aparecer, primero una, después otra, ahí estaban todas, todas. La máquina había funcionado, las estrellas estaban ahí, y ahora se veían.
Lo único que cada tanto tapaba nuevamente a las estrellas era alguna que otra lagrimita de emoción, pero por suerte, para eso ya se inventaron los pañuelos.
Ramón J. Mechi