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Reflexionemos juntos…
¿Qué función cumplen los límites?

Una temática que preocupa tanto a padres como a educadores es la de los límites.
Tanto desde el contexto familiar como escolar, existe cierta incertidumbre en relación a la forma de posicionarse frente a los hijos, frente a los alumnos. No se sabe muy bien qué solicitarles y de qué forma hacerlo, qué decirles, qué permitirles y qué prohibirles sin que las discusiones, la angustia y los enojos se adueñen de las situaciones vividas.
Pareciera que el respeto hacia las normas y las figuras de autoridad desapareció completamente y que las confrontaciones se convirtieron en una modalidad vincular en las relaciones entre los padres y los hijos, entre los alumnos y los docentes.
Es nodal reconocer que los límites son importantes y necesarios ya que posibilitan la conformación de aspectos de la personalidad, permiten el desarrollo afectivo, cognoscitivo, psíquico y social. Por otro lado, debemos saber que las normas, los límites, deben operar desde un inicio en la vida del niño.
Es justamente nuestra sociedad la que con sus modelos y valores, exacerba el pensar que “todo se puede” y que “todo vale”; es esa misma sociedad la que propicia la sensación de inmediatez en la apropiación y consecución de determinado objeto o meta.
Precisamente, los límites operan como aquello que viene a ordenar, como un marco que viene a acotar y a mostrar lo permitido y lo prohibido. Deben funcionar como una especie de freno a lo que pareciera ser irrefrenable.
Muchas veces pensamos cuan difícil se torna para un niño aceptar y tolerar un “no” sin embargo, quizás a nosotros los adultos es a quienes más nos cuesta sostenerlo. Es desde allí, en ese punto, en donde comienzan a emerger contradicciones entre papá y mamá, entre diversas figuras adultas referentes que conforman el seno familiar. Ciertos   roles comienzan a desdibujarse, a mezclarse a desautorizarse.
De esta forma, la coherencia en la transmisión del límite se diluye y hasta desaparece y esto trae aparejado una gran confusión para quien lo recibe. Podrán emerger entonces, dificultades de convivencia, de aprendizaje y con mayor asiduidad comenzarán a transgredirse las diversas normativas. Claro que dichas manifestaciones se relacionan y articulan con la propia historia libidinal de esa persona que está creciendo y madurando.  
Sabemos que toda crianza, toda forma de educación, conlleva ciertas limitaciones y si las mismas se contraponen, no se explicitan o no comienzan a circular en palabras, será el propio niño o adolescente quien buscará “sus propias limitaciones”. Incluso, en ocasiones, son ellos los que con sus comportamientos, discursos o actitudes demandarán de los adultos cierta norma que los guíe y los ayude; claro que dicha demanda será implícita.
Todo límite posee una incidencia en el psiquismo y en el aspecto emocional de los niños. Si son impuestos de una forma violenta tanto con palabras, gestos o acciones      (bajo la forma de castigos físicos por ejemplo), dejarán una impronta que impactará negativamente en la conformación de la propia imagen y autoestima.
Aprenderán y desarrollarán idéntica modalidad de resolución utilizada por los adultos, actuando agresivamente hacia quienes lo rodean. Además, se comportarán tal como sus padres lo solicitan por miedo a la sanción o reprimenda que se implementará luego hacia ellos. Quizás ese propio temor al castigo funcione como obstáculo en el momento  de tener que pensar y utilizar estrategias para resolver determinada situación social.
Es por ello que los niños logran desenvolverse con mayor confianza y autonomía con encuadres claros, en donde la violencia no tenga lugar y es el adulto el encargado de arbitrar los medios para que dicho encuadre se establezca.
Debemos  sostener y ejercer nuestra autoridad sin confundir este término con el de autoritarismo. En él subyace una relación de dominación, imposición y sometimiento hacia otro que es considerado débil, vulnerable y que tiene la obligación de responder y actuar a merced de alguien que le imposibilita un crecimiento y un desarrollo integral.
En contraposición a esta idea, los padres como figuras de autoridad, deben ser transmisores de un marco disciplinar teñido de amor, paciencia y comprensión el cual favorezca a su vez, el respeto por las autoridades con las que el niño deberá relacionarse en diferentes  ámbitos.
 Tenemos que actuar con firmeza y claridad disipando la culpa que tal vez  genera  en nosotros la  implementación de determinados límites.
En este contexto social en donde pareciera haber una ausencia de límites y de valores que nos enriquezcan como personas, ayudemos a los niños y a los jóvenes, transmitiéndoles normas claras y enseñanzas validadas por nuestro ejemplo, a conformar una personalidad segura y confiada en sus propias capacidades y potencialidades.
Los saluda cordialmente.
Lic. Gisela Di Lullo
Psicóloga UBA.  M.N:40746  -  M.P: 94901
Consultas al 4758-5105/ 15-6440-9206