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Papá corazón...

Allá por los setenta, Abel Santa Cruz ponía en la piel de Andrea del Boca uno de los éxitos más grandes de la televisión; una nena que había perdido a su mamá, era internada en un instituto porque su papá no tenía tiempo de ocuparse de ella, pero el fantasma de la madre recompone el vínculo con él  y lo habilita a formar una nueva familia para que todos, finalmente, sean felices…
Muchos hemos crecido con la idea de que un papá existe en la medida en que está presente  en nuestras vidas; culturalmente, el macho proveedor, es quien se instala como jefe de familia, y además del apellido, otorga a los hijos de su descendencia, una herencia patrimonial. Pero este esquema no suele darse en la coyuntura familiar actual: familias monoparentales, las llamadas “homoparentales”, hijos no reconocidos, separaciones de parejas que devienen en batallas judiciales, familias ensambladas, etc. Lo cierto es que todo sujeto está atravesado por lo que Freud denominó “complejos nucleares”- Edipo y Castración-, cuyos efectos incidirán en la estructura psíquica y sus funciones.  Sin embargo podemos ver que la cuestión Edípica podrá darse en cualquier sujeto, incluso sin la presencia física del padre… ¿Cómo es posible? ¿No se trata de algo del orden del amor, de la identificación? ¿Cómo podría alguien amar u odiar a un padre que no existe en la vida cotidiana? ¿Cómo podría un niño identificarse con quien no está? Quizás, porque no se trata de un hombre real, sino que “Padre” consiste -como formuló Lacan- en una metáfora.
¿Qué es una metáfora? Una metáfora es un desplazamiento; una figura retórica de pensamiento por medio de la cual una realidad o concepto se expresan a través de una realidad o concepto diferente,  con los que lo representado guarda cierta relación de semejanza. Hay allí una relación de semejanza entre dos términos, que han sido comparados previamente. Tanto en el campo de la lingüística como el de la psicología, la metáfora tiene un gran valor poético; es una expresión simbólica. ¿Y qué quiere decir? Que representa algo… Así como la paloma representa la paz, algo viene al lugar de otra cosa, el Nombre del Padre representa al padre, pero más específicamente, la Ley del Padre, es decir, la prohibición de la madre. Un padre simbólico, en su nombre, ejerce un clivaje, una ruptura, un corte de la madre para el niño, y esa “función” se dará en la dimensión de lo imaginario. ¿De quién? En principio, de la madre; entonces no sólo que “Padre” representa algo, sino que representa algo para alguien. Será  la madre, el lugar en que la metáfora adquiera valor significante, y en el hijo, donde esta función normativa, imaginariamente al inicio, consiste en ser o no ser ese significante único para la madre. El padre, al principio amenaza de corte, obstáculo entre el niño y la madre, es quien porta la LEY; esto no significa que la madre no porta ninguna ley, sino que la ley de la madre es de carácter descontrolado y el niño corre el riesgo de quedar atrapado por esa madre que encuentra que ese pequeño la llena, la completa, no hay lugar para nada más en su vida.
Sólo queda la aceptación o el rechazo de la ley, de la privación, de la prohibición; de esto depende quedar o no fijados en un sentido determinado. De eso depende que el niño se erigirá como sujeto, y no como objeto de deseo de la madre. El padre, desde una posición metafórica, sólo existe si la madre es quien da entrada y estatuto a su ley. Para comprenderlo mejor, podemos graficarlo con una viñeta clínica: Una mujer dice en su análisis refiriéndose al padre de sus hijos, con quien está muy enojada porque luego de separarse sólo va a su casa a disfrutar, buscar a los chicos para pasear, siendo ella quien se ocupa de todas las necesidades y la puesta de límites de  los adolescentes, -“¿pero quién se cree que es?”. El analista le pregunta: “¿y usted quién cree que es el padre?”. Ella responde: “nadie”. El analista señala para finalizar: “pues eso es lo que está  inscripto en sus hijos; nada más ni nada menos que lo que usted cree de él”…
Creer y crear son dos acciones muy diferentes, aunque se pueda crear algo con aquello que se cree.  ¿A qué nos referimos con que un padre puede dar o negar? Su Nombre, que será el soporte de la actividad simbólica tanto del niño como lo fue de la madre. Porque se trata de una metáfora es que la función no implica existencia ni presencia física; sí, el Padre estará en relación al deseo de la madre, y lo sustituirá después en la dimensión de lo real, para que el hijo no vaya -también simbólicamente- a un lugar, que por estructura, debe permanecer vacío, justamente por su irrepresentabilidad. ¿Y si el padre no está? Reviste tal complejidad el vínculo del niño con la madre, que además puede habilitar, no sólo UN Nombre, sino Los Nombres del Padre, con lo cual esa función clivadora, castradora, puede ser ejercida por cualquier otro, en tanto sea la madre quien lo habilite; incluso, una profesión, al punto que ese niño tenga la posibilidad de dar con algo del orden de la LEY PATERNA, aquello que separa al niño de la madre.
En la telenovela de Abel Santa Cruz, el personaje de Pipina encarnado por Andrea del Boca nos hacía llorar cuando hablaba con el fantasma de su madre; pero en definitiva, el HABLAR del padre con ella, hizo posible su entrada, para que la niña pudiera ser incluida en el mundo del lenguaje, el orden simbólico, el discurso de la cultura.
Lic. María Cecilia Dubois. Psicóloga. M.N: 58523.
Consultas y asesoramiento al: 15-5622-7591.