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¡A jugar en vacaciones!

El juego es una de las actividades más placenteras y primarias del niño. A simple vista al niño lo único que le interesa es jugar y lo hace naturalmente, nadie le enseña a jugar. De hecho en toda cultura, desde la más avanzada hasta la más primitiva, sea cual fueren los estímulos que lo rodean, el chico juega. Es difícil definir qué es jugar porque es difícil encontrar una característica común a todos los juegos. Si se observa a un bebé que tira reiteradamente su chupete al suelo para que alguien se lo devuelva: está jugando. Si se observa a un niño jugando al fútbol: está jugando. Una niña jugando a las muñecas: está jugando. Un grupo de niños saltando a la soga: está jugando. ¿Cuál es el denominador común de actividades tan disímiles entre sí? Por un lado, que les da placer en sí mismo, sin la búsqueda de otro objetivo externo. Por otro lado, es la forma más efectiva de explorar el mundo que lo rodea. Manipula objetos, hace "como si" los objetos fueran otra cosa y de repente una caja de cartón es un auto, una escoba es un caballo. En las diferentes etapas del desarrollo esa exploración se va complejizando  como así también el tipo de juegos, pasan de ser absolutamente solitarios a ser compartidos, de ser totalmente desestructurados a seguir ciertas reglas.
Pero hay una característica que es fundamental para que el juego le sea tan atractivo al niño. Cuando juega no hay frustración. ¿Qué significa esto? Para que el niño se adapte a la sociedad se le imponen reglas constantemente que modifican y coartan sus necesidades. No te subas ahí, es hora de comer, hay que levantarse para ir al colegio, no te toques, no llores, hacé caso, hablá bien... son intervenciones constantes donde el adulto limita la libertad del niño, lo que él tiene ganas de hacer. Esto genera un nivel de tensión que el niño puede descargar a través del juego. Todo el tiempo el niño se esfuerza por adaptarse a las reglas del mundo que lo rodea. Cuando juega tiene la posibilidad de adaptar el mundo a sus necesidades. Por eso no aparece la frustración: acomoda la realidad a sus deseos. En ese mundo todo es posible y nadie le puede decir que está mal porque es una creación propia.
Por otro lado es una forma directa de elaborar conflictos internos. Los adultos tenemos la palabra. Procesamos y elaboramos cualquier situación traumática a través de ella. Cualquier situación vivida como traumática es contada una y otra vez, alguna enfermedad, alguna situación de robo, o cualquier situación límite se repite incansablemente. Ayuda a elaborarla.
El niño todavía no tiene la capacidad de reflexión o introspección necesarias para hacer una elaboración como la de los adultos. Ellos juegan. Es probable que luego de una situación para el niño traumática (el nacimiento de un hermanito, la muerte de un ser querido, el miedo a que lo abandonen, alguna situación de robo, etc) reproduzca la situación en el ámbito lúdico. Pero, como veíamos antes, con la ventaja de poder adaptar lo sucedido a sus deseos, sin frustración. Allí él va a ser protagonista y va a tener el poder, va a acomodar la realidad a su conveniencia.
Y en este punto me detengo a reflexionar. Los niños de nuestra sociedad tienen cada vez menos tiempo para jugar. Colegios de jornada extendida, actividades extra escolares, tecnología, imposibilidad de salir a jugar solos como en otras épocas. Sus vidas están cada vez más pautadas y estructuradas. Quizá sea momento de reflexionar, con la llegada de estas vacaciones de invierno, y aprovechar para revalorizar los espacios de juego. Cambiar la rutina del año y enriquecer tanto al niño como al adulto que pueda acompañar y disfrutar de esta actividad. 
Lic. Carina M. Sívori. Psicoanalista. M.N. 20662 / M.P. 91463. Consultas al: 4758-1740 / 15-6953-7703