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La alimentación está estructurada como un lenguaje

Parece estar bien establecido que se come porque se tiene hambre. Pero esto no es tan sencillo como parece. Si consideramos las sociedades más antiguas, podemos constatar que los hombres, en lugar de comer lo que encontraban como hacen los animales, primero eligieron, luego combinaron, y más tarde prepararon sus alimentos. No hubo una pura y simple recolección.
Eugenie Lemoine-Luccioni propone que si la alimentación se fuera empobreciendo cada vez más, así como se empobrece una lengua en su léxico y su gramática, es probable que los hombres terminarían por recurrir a un mismo alimento: vitaminas, por ejemplo, o una píldora quizás. El mundo entero consumiría así sólo el alimento de los alimentos y lo consumiría únicamente por su valor alimenticio.
De la misma manera se intentó crear la lengua de las lenguas, especie de condensado universal de todos los idiomas que debía servir para lograr la perfecta comunicación de todos los seres humanos entre sí. Pero, aparentemente, los llamados seres humanos no tienen prisa por comunicarse, ni siquiera por comprenderse. El esperanto demostró ser no viable.
Para esta autora, hay otra ley que opera en sentido inverso, tanto para la alimentación como para el lenguaje: el ser humano procura variar su alimentación, hace intercambios con sus vecinos. La originalidad le parece tan necesaria en este campo como en el de la vestimenta. Renueva su alimentación como su guardarropas, porque se cansa de utilizar siempre lo mismo.
Por otra parte, guarda una verdadera fijación por los alimentos de su infancia o de su país de orígen. Estos tienen un valor irreemplazable, tanto como ciertas expresiones familiares que no circulan en el mundo exterior.
Las dos leyes juegan, entonces, una contra la otra. El resultado es una moda parcialmente universalizada, como ocurre con las lenguas. Cada país tiene su alimentación: el pan es francés, el arroz chino, la pasta italiana, la paella española…
También hay comidas burguesas y comidas proletarias. La ideología juega a pleno en este campo y la política se mezcla en esto.
Se puede subrayar un hecho importante al respecto: en los períodos de hambruna, las poblaciones humanas que no pueden recurrir como los animales a una alimentación natural, vuelven a la recolección. Pero este procedimiento no les es suficiente ahora, si es que alguna vez lo fue. Ya no saben cómo encontrar el alimento y mueren porque recurren a “cosas” (barro, objetos, etc), sucedáneos que ya no son ni alimentos. Es extraordinario que los animales nunca coman cosas que no les sirven como alimentos, y los hombres sí. Estos no saben responder espontáneamente a su necesidad en un estado de emergencia. Se equivocan de “objeto”. El error, evidentemente está en relación con la posibilidad de elección.
Es obvio, llegado a este punto, que el comer no significa lo mismo para los humanos que para los animales. Un ejemplo claro de esto es la comunión. No en el sentido religioso, sino en el sentido de la comunión de los comensales.
Es difícil comer solo. En general los hombres comen, gustosamente, en común. ¿Por qué? Se trata de comer con. Obtener placer juntos bajo la cobertura de la sana, necesaria y legítima ocupación de comer. Se come por puro placer más que por hambre o aburrimiento, y el placer que se obtiene es lo contrario a la necesidad. Este placer, que es antes que nada el placer de las papilas, no satisface ninguna necesidad. La necesidad es satisfecha por la ingestión de los alimentos, no por el placer de las papilas.
Lic. Carina Sívori. Psicoanalista
MN: 20.662 – MP: 91.463.
Consultas al 4758-1740/ 15-6953-7703