VOLVER A INDICE / NOTAS

ACERCA DE LA OBESIDAD INFANTIL

Es innegable que la modificación de nuestro estilo de vida en los últimos tiempos llevó a modificar hábitos y costumbres que influyen en la alimentación. La comodidad de movilizarse en auto, la cercanía de medios de transporte, el acceso a electrodomésticos que reemplazan trabajos manuales, alimentos listos para comer, la inseguridad que hace que los chicos deban elegir jugar entre cuatro paredes, etc., influyen en el hecho que los niños consuman más calorías de las que gastan diariamente.
Muchos padres tienen que dividirse entre múltiples tareas, laborales, educativas y domésticas, y el acceso a una comida más rápida para sus hijos aparece como una solución. También el estilo de vida que llevan los niños ha cambiado mucho. La mayoría de las actividades que realizan fuera de la escuela tienen que ver con la televisión, la computadora y los videojuegos. Los juegos al aire libre, las excursiones, los deportes, etc., son cada día sustituídos por actividades sedentarias.
También es importante tener en cuenta que el alimento dejó de ser un objeto que responde a una necesidad para convertirse en un objeto de consumo más. Y esto lo agrega a una serie de objetos donde la necesidad, la publicidad y la moda crean una trama desde la cual se olvida la real función del objeto.
Estamos expuestos a lo mediático que nos vende comida constantemente, y generalmente la publicidad está dirigida a los más chicos. Comida, golosinas, gaseosas que los invitan a ser superhéroes y a divertirse como nunca.
Pero la obesidad no es sólo un problema de consumir más calorías de las que gastamos, ni un problema de falta de voluntad. El problema encuentra sus raíces en el ámbito familiar y remite a los primeros años de vida. Por ejemplo, hay ciertos códigos y dinámicas inconcientes familiares que pueden determinar la tendencia a relacionarse con ese objeto-comida de manera diferente. Existen dos tipos de sentimientos: los auténticos, que son aquellos que tenemos como seres humanos: tristeza, miedo, bronca, alegría, placer, afecto, y los sustitutivos, que dependen de cada grupo familiar porque son aprendidos. En toda familia, aunque no lo notemos, existen sentimientos permitidos y prohibidos, sentimientos que se pueden expresar y otros que no. Cabe destacar que como estas determinaciones son inconcientes, tendrán que ver con la historia personal de cada miembro de la familia, y que sin darse cuenta lo “heredan” a sus hijos. Por ejemplo, en una familia donde no se pueda expresar la tristeza, se transmiten mensajes como “los chicos no lloran”, “si vas a llorar encerrate en tu cuarto”, “en esta casa no se llora”, etc. Probablemente ese niño va a recibir esos mensajes y va a reprimir esos sentimientos, pero va a ir creando sentimientos sustitutivos, que sí estén aceptados por su familia, como la ansiedad o el amor por la comida. Una forma de intentar frenar la ansiedad va a ser a través de la comida. Ya sea por una sobreestimación de la misma, o por ser un objeto de consumo que está siempre a la mano. Este es un factor importante a tener en cuenta: la dependencia a la comida supone un contacto constante con ese objeto necesario para la supervivencia. No es lo mismo que otros objetos como la droga, el alcohol, los cigarrillos, el juego, etc que permiten tener una vida normal absteniéndose de ese vínculo. En este caso no se puede dejar de comer.
A través del tratamiento psicológico, se pueden traer a la luz esos mandatos, esos modelos familiares e intervenir para que no tengan consecuencias patógenas para el niño y el grupo familiar. Por suerte los seres humanos contamos con recursos para modificar lo escrito, dar vuelta la hoja y reescribir nuestra propia historia.
Lic Carina M. Sívori. Psicoanalista. M.N. 20.662 / M.P. 91.463
Consultas al 4758-1740 o 156953770