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La función del “jugar” en la vida de un ser humano.
Durante mucho tiempo, el lugar del “juego” en la vida de los seres humanos, ocupó el escenario de debates. Desde antes del psicoanálisis, y luego en el psicoanálisis, el juego fue tomado como una de las actividades del niño, una entre tantas… y entonces hubo discusiones sobre a qué edad empiezan a jugar los niños, y acerca de cuál es lo que puede considerarse el “primer juego”. En dicho escenario, sostenido en una visión adultocéntrica, en la que el niño, en sus primeros tiempos, es un ser pasivo que aún no produce una actividad específica…El decir popular lo refleja aún hoy: “los bebés sólo comen y duermen”.
Pero a partir de mediados del siglo pasado, se produce un desplazamiento importante en la obra de ciertos autores, fundamentalmente en la de Winnicott, en la que se cambia el acento, se cambia el centro de la cuestión: y es que el juego pasa de ser una de las tantas actividades de un niño, a ser “la actividad más específica que un ser humano hace desde su nacimiento”. Aparece como la actividad humana más espontánea, que no se puede reducir a ninguna necesidad física. El jugar desborda… y ¿en qué espacio emerge? El jugar emerge justo en el momento en que empiezan a declinar las programaciones instintivas rígidas para regular la conducta; cuando eso empieza a declinar para ser reemplazado por el aprendizaje, y esto sucede cuando “el otro” empieza a ser cada vez más importante para la vida de ese pequeño ser.
El jugar es una actividad que no tiene fecha y no espera a que el niño hable para aparecer. En todo caso, cuando pueda hablar, el hablar se incorporará al jugar y se enriquecerán mutuamente. Pero mucho antes de hablar, el bebé ya juega, con los sonidos que produce, con sus manos… extrayendo del cuerpo materno, arrancando, dejando marcas, haciendo superficie con el cuerpo del otro mientras constituye su propio cuerpo, embadurnándose, arrojando objetos, observando qué efectos produce su propia actividad en el espacio que lo rodea y en los otros que lo rodean…construyendo, además, las primeras categorías lógicas del pensamiento: objeto permanente, causalidad, espacio, temporalidad…(Jean Piaget)
 Pero si bien el niño viene con una predisposición al jugar, como un potencial de la especie, no debe pensarse como algo meramente evolutivo. Esta predisposición puede desplegarse en la interacción con los otros o puede atrofiarse, puede enfermarse; la capacidad de juego puede tener grandes desarrollos e intensificaciones que se prolongan hasta la vida adulta o puede sufrir lesiones, interferencias…
Cuando uno dice “juego” está hablando de una manera de relacionarse con las cosas, con el mundo, con las personas… esto no emerge abruptamente en los umbrales del “juego simbólico”(entre los 2 y 3 años de vida), el cual tiene  su estatuto ganado  indiscutiblemente, sino que encuentra su materia prima en estos jugares previos que tienen una función estructurante para el niño, en el que se va constituyendo el germen de toda la capacidad creativa de la vida de un ser humano, en la que se constituye su singularidad.
Y si bien el jugar en el niño, no espera a que alguien lo enseñe para aparecer, requiere sí, como condición, que estemos ahí para acompañarlo a jugar, ofrecernos a jugar con él, habilitarle el espacio y la función misma, estimulando y enriqueciendo su despliegue.
 El fenómeno lúdico, que se desarrolla en un entorno vincular adecuado, estalla en una proliferación incansable de juegos en la vida de los chicos, que ensanchan su mundo a pasos agigantados con sus nuevas conquistas, construyendo nuevas experiencias, formulando nuevas preguntas, extendiendo lo placentero  del “descubrimiento” al territorio de los aprendizajes formales y, llegando, como capacidad creadora, hasta la vida adulta que se entretejerá luego, tendiendo puentes impensados, con lo que llamamos “trabajar”. 
Lic.  Cecilia Tuttobene - Psicopedagoga N/R 1682/92.
Ludoteca la Casita de los sueños. Te: 4483-3049.
Bibliografía: Winnicott, D.W, Realidad y juego. Rodulfo, Ricardo, El niño y el significante.