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Ni a la derecha ni a la izquierda del padre
En los primeros tiempos, específicamente en la sociedad romana -que nos ha legado valores culturales, artísticos, políticos, tecnológicos y religiosos- el padre de familia tenía completo control sobre su esposa e hijos. Pero en general, la ley concedía a la mujer muchos más derechos que la sociedad griega: no debía vivir recluida, era libre de asistir a lugares públicos, tomaba parte activa sobre asuntos importantes e incluso, podía pelear como gladiador; la mujer ocupaba una posición independiente y era dueña de los bienes conyugales. Es cierto que las damas vivían acompañadas, y cuanto más ricas, menos podían gozar de su intimidad, ya que una señora era asistida permanentemente por sirvientes.
Con los años, y a través de las diferencias particulares de cada época y costumbres aquí y allá, se fueron sucediendo cambios globales y emancipadores respecto de la paridad con y junto al hombre. El discurso feminista postmoderno parte de la idea de que la mujer no se define sólo como mujer, sino como conjunción de identidades; no, como igual, lo mismo, lo homogéneo y la unidad, si no, en tanto diferente, lo otro, lo plural, lo heterogéneo, pero con igual jerarquía y estatutariamente alterna al lado del hombre. Esto es, ni subalterna, ni por encima, ni por debajo, ni adelante ni atrás, como proponen los proyectos en que alguien domina y alguien es dominado; más bien, en un intento de compartir, evolucionar, de acompañar y ser acompañado.
Sin embargo, nuevos paradigmas alojan en la actualidad algo del orden del empeño por legitimizar más los asuntos filiales por encima de los derechos identitarios. Estereotipos de super mujer o de mujer doméstica, de sexualidad con-sagrada o sexualidad profana, de madre o esposa, como dualidades inconciliables, que repletan los medios de comunicación y las expectativas de quienes andan ávidos de modelos a replicar. Disyunciones históricas que dejan a la mujer en consumir o ser consumida, detrás de la imagen de quien pasó de corromper al hombre y ser capaz de desviarlo de su noble propósito y arriesgar hasta el paraíso por ella, a sentarse en la parte trasera del auto sosteniendo el accesorio porta bebés. Ni a la izquierda ni a la derecha de un hombre. No conduce pero es conducida. Muchas mujeres no conducen, pero son conducidas por otros cuando deben desplazarse: en remis, taxi, colectivo, tren, cuyo dispositivo incluye los roles sociales que se desempeñan, profesiones, y por los que básicamente se paga un precio de acuerdo al transporte y a la distancia.
Pero cuando se trata del vehículo familiar y es papá el que maneja, y si el bebé está a resguardo en su asiento, ¿Qué hace una mujer en la parte trasera?¿Protege o SE protege? Los debates populares sexistas se asientan en cosas de derecho. Las cosmovisiones sociales establecen roles, los cuestionan, los fijan, los destituyen, y se van construyendo imágenes que, lejos de consistir en el sitio que ocupa una mujer junto a un hombre (sitio que este le otorga, que arrebata u omite, pero que la define), instauran -al modo de cierto límite y a distancia- el lugar que “debe” ocupar una madre. ¿La madre de quién?, nos preguntamos mientras observamos la hilera de autos esperando la indicación del semáforo para avanzar. ¿Adónde está esa mujer? ¿Qué sitio le corresponde, le es dado y toma sin más?
Intercalados, circulan autos con hombres, alguna señora sola que se maquilla, varias amigas, jóvenes que escuchan música, alguna pareja (uno junto al otro, disfrutando un helado del Burger), y entre unos y otros, familias: un hombre al volante, y una mujer, ni a la derecha ni a la izquierda de él, que protege a sus hijos o se protege, quizás de ese hombre o de cualquier otro que -como él- miran hacia los costados y de vez en vez, por el espejo retrovisor.
Lic. María Cecilia Dubois. Psicóloga. M.N: 58523.
Consultas y asesoramiento al: 15-5622-7591.