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Si entre ellos pelean, los devoran los de “afuera”


Sobre finales del 1800 José Hernández aconsejaba en palabras de Martín Fierro que los hermanos no pelearan. ¿Quiénes son los de “ajuera”? Esos que pueden devorarlos?

Desde las primeras escrituras, la rivalidad entre hermanos, ha sido una temática que se intenta naturalizar, en nombre del sufrimiento que ocasiona la posibilidad de que otro posea lo que yo merezco poseer. Podemos mencionar la atención, la valoración, la aceptación; el amor de mamá y papá, como si no existieran las diferencias.

Tal como formuló Freud, algo del destino puede anunciarse en la anatomía, la diferencia anatómica de los sexos: la adopción de conformaciones psíquicas particulares, tal que el varón, percibe al padre en situación edípica como un molesto rival, y la niña, vía un complejo de masculinidad, guarda durante un tiempo la esperanza de ser igual a ese hombre, o bien, lo repudia; desprecia eso otro defectuoso, insiste en su equiparación o experimenta un sentimiento penoso de inferioridad.

Si bien son sorprendentes los efectos de la envidia fálica, no es éste el único factor que determina cierta tensión agresiva en los vínculos. Además, los factores ambientales, las exigencias culturales, los valores vigentes, la educación, refuerzan y sostienen- a veces, durante toda la vida- las desventuras de este triángulo original (hijo-mamá-papá), frente al cual, cualquier intento de intrusión y “desestabilización”, como puede amenazar la llegada de un hermano, devienen en expresiones desde lo más inocentes, hasta las actitudes más destructivas.

En la vida cotidiana atesoramos dichos y frases respecto de esta intención; los chicos fantasean con exterminar a sus hermanos recién llegados de las maneras más originales: arrojarlos al cesto de la basura, a las rejillas, al mar, devolverlos al sitio del que vinieron, abandonarlos en la ruta, tirarlos por el inodoro, cambiarlos por objetos de su preferencia, hacer ofrendas a parientes interesados en su existencia, cubrirlos con almohadas y cobijas hasta asfixiarlos…También puede desarrollarse una moción tierna y sospechosamente indulgente, dedicación en los cuidados del pequeño monstruo invasor, fingir admiración y darle la bienvenida. Sin embargo, más allá de las demostraciones de “afecto” y la modo del poema gauchesco, si no se unen, los de afuera podrán devorarlos simbólicamente.

Como en la historia bíblica de Caín y Abel, el temor a la pérdida del amor de Dios, se imprime en cada niño respecto del de sus padres; la fantasía de eliminar a ese rival para mantenerlo a cualquier costo, es la primera motivación para comenzar a diseñar el plan de exterminio. Si los padres no estamos atentos, esa rivalidad puede adoptar formas altamente nocivas para uno y otro. Si naturalizamos la afrenta, justificándola porque “es normal que los hermanos se peleen”, no sólo ese lazo afectivo será sometido a más hostilidad, sino que así podría replicarse en todos los vínculos, sobretodo con los pares, en la escuela, el club, la calle...

En los consultorios se oyen escenas de patadas, trompadas, disputas violentas por el uso del televisor, la Tablet, la play; aún por la ropa, la utilización del espacio, la privacidad, la invasión de amigos…desde los juguetes hasta la comida, esos objetos y situaciones representan los signos del sufrimiento de no ser los únicos, de la comprensión dolorosa del tener que compartir con otro, la envidia y el resentimiento frente a las diferencias, la impotencia del querer poseer con exclusividad lo que se quiere al modo que se quiere y que puede llegar a tener otro, y que si se naturaliza, justifica y victimiza a quien lo padece, además de hacer lugar a esa agresividad- ahora secundaria, con características de violencia la mayoría de las veces- , podemos alimentar y fomentar un enfrentamiento sin límites, en el que lo razonable, el discernimiento, la tolerancia, la aceptación y el respeto por eso otro, quedan al servicio del poder y la habilidad del más fuerte, y el juego dialéctico de víctima y victimario, hallan en la hermandad el terreno propicio para desplegar sus aspectos más horrorosos.

No sólo señalar que pegar, insultar, quitar a la fuerza, empujar, son acciones que no corresponden; sino también revisar, si esas acciones impropias no se condicen con medidas habituales en un contexto familiar que las convalida y hasta las festeja, a la hora de establecer una modalidad para la convivencia de todos sus integrantes. Si mamá y papá se gritan delante de los hijos, si se observan gestos violentos, si los insultos son corrientes en casa, trascienden la “justificada” rivalidad entre hermanos, y pasan a convertirse en un modo relacional, en un pacto que supone conformidad, ratificado, aprobado, en las acciones mismas. Pretender establecer un límite, poner fin a esa modalidad, cuando ya ha sido revalidada, es una empresa que excederá luego la apropiación de otros convenios, incluso de la intervención de profesionales a los que se recurre para que hagan “algo” con aquello que ya está hecho.

¿Qué es posible hacer para prevenir que ese entramado siga produciendo de la relación entre hermanos más del arquetipo de rivalidad? En principio, propiciar encuentros:
la variada y enriquecedora experiencia -como dice Tonucci- de jugar, de compartir, de hablar; incluso de expresar disconformidad. En una escuela de Capital Federal se utiliza como código la frase “no me gustó”, como alternativa de responder a alguna agresión verbal o física por parte de un compañero, que no sólo es efectiva, sino que dice de un signo de civilización, buen trato e incorporación de las diferencias. Y si “las buenas costumbres empiezan por casa”, ninguna experiencia más significativa que la de la hermandad, para ensayar tempranamente la asertividad: no tenemos que ser iguales, no tiene que sucedernos lo mismo, no tenemos por qué tener las mismas cosas; ni siquiera debemos pensar igual, actuar parecido o tener las mismas habilidades. El amor de mamá y papá no consiste en cuantificar los fundamentos de ese amor, por lo que la aceptación, es el primer pacto que podría establecerse.  Si la asertividad es un modelo de relación interpersonal que consiste en conocer los propios derechos y defenderlos, respetando a los demás, ni la violencia ni el sometimiento que propone la pasividad, son conductas exentas de consecuencias ansiógenas y que generan culpa, por lo que indefectiblemente devienen en más impotencia. La confianza, la confirmación del amor, el diálogo y hasta las discusiones que tienen como fin establecer un acuerdo, podrán ofrecer a los hermanos la posibilidad de que el miedo no los devore.

Lic. María Cecilia Dubois. Psicóloga. M.N: 58523.

Consultas y asesoramiento al: 15-5622-7591.