VOLVER A INDICE / NOTAS

Integración escolar: CREAR una realidad diferente.
La mayoría de las propuestas educativas fundamentan en sus perfiles institucionales que “creen” en la integración, mencionan la igualdad de condiciones, la jerarquización de la enseñanza, y cambian de vez en vez, de adecuaciones o adaptaciones curriculares, a configuraciones de apoyo, como si la adecuación, fuera en detrimento de lo que es pero no encaja, y el hecho de nombrar el apoyo, se ejerza en tanto sostén, soporte de aquello que lo necesita.
Necesidades especiales. Discapacidad. Integración escolar. Campo semántico que exige cuidado y atención a la hora de posicionarse como actor de un cambio o bien, como mero reproductor de un dispositivo de saber-control-poder-desigualdad. La igualdad no es lo mismo que la diferencia. La igualdad de derechos no excluye las diferencias; por el contrario, las considera.
¿Qué es la integración? Integrar es dar integridad. ¿Quién da a quién integridad? ¿Alguien que la posee y generosamente la ofrece a alguien que no la tiene? Ser un niño que padece una encefalopatía congénita, disminución visual o ceguera, un síndrome progresivo y degenerativo; haber padecido un accidente y como consecuencia, una dificultad de funcionamiento; una mala praxis, problemas en el desarrollo a causa de condiciones ambientales o enfermedades genéticas… ¿Quita integridad a un sujeto? Los casos mencionados son los mismos que aquellos en que se diagnostican dificultades de atención, actividad, funciones ejecutivas relacionadas con la crianza, aceptación de límites, actitudes transgresoras, trastornos oposicionistas, y cuanta etiqueta recrean algunos médicos, psicólogos, psicopedagogos, docentes, fonoaudiólogos,  tomadas de manuales que ya se ha demostrado, no sirven para clasificar sujetos
¿Qué es un sujeto? ¿Es lo mismo que una persona y su definición como ser bio-psico-físico y social? ¿A qué estamos sujetos los sujetos?
Si bien es cierto que creer y crear guardan cierta solidaridad en cuanto al lugar de quien se dispone a que suceda algo diferente, la dificultad que presentan las diferencias, imprime en muchos actores del sistema educativo cierta obligatoriedad en cuanto a borrarlas, hacerlas desaparecer, tomarse la atribución de juzgar en función de ciertas valoraciones que distan mucho de preservar al niño y al adolescente, al menos, en materia de derechos.
Desde principios del siglo pasado, Argentina se ha ubicado  en el mundo como uno de los países con más propuestas inclusivas, comenzando por los talleres protegidos para no videntes. Pero desde el año 1981, un intento de lograr la “integración” en ámbitos denominados “normales”, viene haciéndose sitio en las construcciones imaginarias y simbólicas en relación a las necesidades diferentes…Y hoy en día, existe un marco normativo que encuadra esta tarea en las escuelas, así como la figura de los acompañantes o asistentes terapéuticos, no sin aclarar en su descripción la condición de “externos” a las instituciones, a quienes se los obliga a presentar una serie de documentación costosa, que justifique su presencia, en lugar de ofrecerles la bienvenida, porque si han llegado hasta allí, es porque están “dispuestos” a acompañar a un sujeto que sufre. También encuadrados por un nomenclador que brega por sus derechos, estos profesionales, se hallan con las limitaciones burocráticas, económicas y de protección de su rol y de sus funciones, cuando se enfrentan a los designios de la interpretación de la ley por parte de inspectores, directivos, docentes, y los ahora denominados “equipos de orientación”, además del miedo que se desliza en sus cuestionamientos e inquietudes: quién es el referente del niño, hasta dónde pueden los asistentes externos intervenir y en qué situaciones no; el resaltado  e intenso “no tienen injerencia en lo pedagógico”, sumado a “no hablen con los padres”, “no pueden proponer actividades”, “no pueden traer material de afuera”, y demás necedades,  especialmente vacías de criterio.
A necesidades especiales pareciera corresponder necedades especiales.
Los chicos con los que trabajamos padecen algo que les dificulta desempeñarse como otros chicos; los papás que intentamos contener y orientar, padecen el padecer de sus hijos. Los profesionales que los acompañan en las escuelas suelen padecer a las escuelas y a sus autoridades, y quienes coordinamos y supervisamos la tarea, nos interrogamos acerca de ¿qué quiere decir “creer en la integración”? ¿Será posible CREAR con y para las diferencias? ¿Somos capaces los sujetos de abstenernos del miedo frente a lo diferente, del lugar de poder-saber-control? ¿Tenemos derecho a definir la igualdad conforme a lo normativizado?
Tanto la discapacidad como aquellas  dificultades que impiden a los chicos actuar o desempeñarse en función de lo que ya se ha estipulado como “normal”, nos confronta con la urgencia de buscar adecuaciones…Y una nueva inquietud en este sentido: si nos vemos frente a un juego de encastres y una de las piezas no encaja en donde pretendemos que debe encajar, ¿estamos dispuestos a forzar la pieza o romper el agujero que creemos que le corresponde hasta que entre? En esos juegos, todas las piezas son diferentes, y el desafío es poder ubicarlas en los diferentes huecos, también diferentes entre sí: cuadrados, circulares, triangulares. La igualdad no significa que todos somos iguales; la igualdad tiene que ver con que todos tengamos las mismas oportunidades. Y si de ser oportunos se trata, el hecho de adherir a un programa de inclusión, fomentar la integración escolar, hacer lugar a un niño o adolescente discapacitado o con alguna dificultad que no le permite estar “adaptado”, implica un serio cuestionamiento acerca de nuestra disponibilidad, flexibilidad y básicamente, acerca de nuestra humanidad.
Cada sujeto es un lugar en sí mismo; no se hace lugar a quien ya lo posee. Lo que sí puede hacerse, es garantizar las condiciones para que ese lugar pueda ser parte de un contexto; no, adecuado a un contexto, si no, como distinto, diferente, especial, encuentre allí un espacio.
Creer es tener por cierto, aceptar como verdad, pero no es un concepto apropiado para la inclusión, en la medida en que no se puede dar por cierto aquello que ES cierto; y la verdad, en términos lógicos, de ninguna manera puede ser igual que la verdad ontológica. Tampoco se trata de romper o abrir violentamente el espacio del sentido común, y sí se puede puntuar aquí algo del orden del sentido: con una pieza, junto a otra pieza, junto a otra y a otra, todas diferentes y especiales, se puede CREAR una realidad diferente.
Lic. María Cecilia Dubois. Psicóloga. M.N: 58523.
Consultas y asesoramiento al: 15-5622-7591.