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¿Quién manda aquí?

Poder ubicar una relación de superior que “ordena” a un inferior, como propone la RAE al buscar el término “Mandar”, implicaría interceder en una estructura social en la que hubiera superiores e inferiores, y cuya desigualdad, obtura en materia de subjetividad, un análisis algo más serio en relación a los efectos del lenguaje. ¿Son los adultos esos “superiores” que ordenan y los niños, los “inferiores” que obedecen?
Supervisando uno de los casi setenta casos que coordino en mi equipo de integración, un profesional expresa en su informe, apenado, que el niño a quien acompaña, de 9 años de edad,  dice en una clase de Educación Física, ante la propuesta de su profesor, quien lo invitaba a jugar: “Aquí yo doy las órdenes y ustedes me siguen”.
Allende la impotencia de quien es gobernado, enviado, inducido, encargado, regido, por un lenguaje de cuales efectos damos cuenta en este tipo de enunciados, está claro que este pequeño pareciera moverse por sí mismo y servirse de la comunicación para expresar su propia experiencia: esta actitud, que aparenta ser caprichosa e irracional, dice de lo que Zizek denomina “auto- colonización”. ¿Qué significa esta afirmación del filósofo y psicoanalista esloveno? Que este niño se siente en riesgo, vulnerable en cuanto a la autoridad, y la desestabilización de roles, que genera angustia en cualquier ser humano, hace que cree una identidad que lo ayude a reorganizar su subjetividad; este malestar, tomando los principios hegelianos, hace que se afirme en su identidad, “revistiéndose con los ropajes de su exacto contrario”. Zizek habla de la intolerancia como categoría ideológica, y dice que en el discurso hay al menos dos componentes: uno que es auténtico y otro que consiste en su deformación, que produce relaciones de dominación.
Ya hemos escrito en artículos anteriores, sobre la importancia de limitar ese anhelo de los niños de poseerlo “todo”; no aún, sobre la peligrosa confusión en la que puede caer si esto le es prometido -otra acepción del “mandar”- . Cuando un sujeto dice “quiero”, no sólo está dando cuenta de su demanda, sino también, podría estar haciendo referencia al miedo que puede estar experimentando ante la falta de un interlocutor, ese prójimo que funciona las más de las veces como “garante” de sentido, y cuya ausencia, podría colaborar a sostener, al menos desde el lenguaje, esa omnipresencia, esa violencia intersubjetiva, como variante de organización.
¿Existe un modo de organizar la autoridad? ¿Podría la escuela, como institución, cuidar de la existencia, siendo un lugar de saber?
En este sentido podríamos decir que el saber se encuentra en esa división constituyente respecto de la verdad… Siguiendo a Lacan el inconsciente es lenguaje. Con lo antedicho, ¿pudo este niño haber pronunciado la verdad, al afirmar que él manda y su psicólogo acompañante es quien debe obedecer? Desde el psicoanálisis advertimos que hay allí una “verdad” que no responde a un saber conciente (desde la ciencia, cada verdad respondería a un saber). Sin embargo, en los dichos de este niño, hay una verdad muda, un dolor, que excede la comprensión y algo que no puede ser comunicado. Es desde esta lectura que la escuela desempeña un sitio de resguardo: si bien su función es educar, hay algo que no es educable. Y en ese LUGAR, por medio de la palabra, la educación implica un ordenamiento. ¿Y qué es lo que no puede ser comunicado y ordenado en este discurso implacable, crítico, adverso de un niño de 9 años en el contexto de una propuesta escolar? No lo sabemos; él mismo no lo sabe. Pero quizás encierra una objeción en cuanto a la fragilidad de la condición humana: “La realización humana requiere del discurso en la misma medida que la acción”, que tanto como la palabra, corren el riesgo de revelar algo.
La fragilidad de un ser humano, puede llevarlo a dar órdenes y a mandar a otros, y en tanto prerrogativa (privilegio, gracia o exención), puede dar cuenta de quien se siente solo, y será ese “poder” condición de posibilidad para estar junto a esos otros. El acompañante será, en este caso, el garante de su existencia, y habrá que “ordenar” allí algo en relación a la obediencia: no como quien pretende ordenar un objeto, sino como quien corre el riesgo de otorgar a ese sujeto un LUGAR.
Lic. María Cecilia Dubois. Psicóloga. M.N: 58523.
Consultas y asesoramiento al: 15-5622-7591.