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¿A que jugamos?
Cualquier observación superficial de las actividades de los niños nos muestra la importante función que cumple el juego en su vida cotidiana. Y a pesar de ser muy fácil distinguir cuándo un niño está jugando y cuándo no, lo difícil es tratar de definir al juego en sí mismo ya que abarca una cantidad de conductas y actividades muy diferentes entre sí. Un niñito balanceándose agarrado del borde de su cuna, otros jugando a la mamá y al papá, otros tratando de construir una torre con bloques, saltando a la soga, jugando al fútbol o a las cartas. Lo único que tienen en común todas estas actividades es que son caracterizadas como juego aunque sean tan diferentes entre sí.
¿Qué distingue a estas actividades de las demás realizadas por el niño? Básicamente le producen placer. Y este es un detalle que no debemos dejar pasar. El niño realiza esa actividad sólo por la satisfacción que le produce. En este sentido se opone al trabajo, a la adaptación a la realidad. El juego produce una realización inmediata de los deseos mientras que el trabajo proporcionaría una realización mediata. Jugando se puede realizar cualquier cosa sin preocuparse por llegar a un objetivo y, lo que es más importante, sin que produzca frustración. El niño logra metas sin quererlo, y sin verse frustrado cuando no las logra ya que la propia realización de esa actividad lúdica es placentera en sí mis-ma. Adapta la realidad a su conveniencia. La realidad se somete a sus necesidades sin que el niño tenga que someterse a las limitaciones de la misma. De es-ta manera puede favorecer las adquisiciones sociales tempranas y las habilidades de comunicación social. Es una preparación para la vida adulta.
También es una forma de liberación de conflictos ya que el juego los destraba o ignora. Es muy común observar niños jugando a algo que le ha sido traumático sin estar acompañados de ningún síntoma de angustia o tristeza. Sucede que es una forma de elaborar lo sufrido. Realizar activamente aquello que se ha sufrido pasivamente. Por ejemplo, un niño que ha pasado por una situación de robo o violencia, probablemente juegue y dibuje cuestiones directamente relacionadas con lo ocurrido. Por este motivo los juegos y los dibujos son un material tan importante para el psicoanálisis con niños. Es un mecanismo de elaboración de conflictos.
Otra cuestión a tener en cuenta es su función de sobre motivación. Cualquier actividad ordinaria transformada en un juego le va a dar una motivación extra. La va a teñir del placer vinculado con el juego. Ya sea la cuchara transformada en avioncito para el niño que no quiere comer, o una clase de lengua y literatura basada en una sopa de letras, van a producir un plus de motivación
Por todo esto es tan importante respetar los tiempos de juego de los niños e incentivarlos a jugar. El juego es necesario para el desarrollo intelectual, emocional y social. Ellos por medio del juego, empiezan a comprender cómo funcionan las cosas, lo que puede o no hacerse con ellas, descubren que existen reglas de causalidad, de probabilidad y de conducta que deben aceptarse si quiere  que los demás jueguen con ellos, exploran el medio que los rodea, desarrollan su creatividad, aprenden, maduran, ejercitan diferentes roles, reconocen su cuerpo, y todo lo hacen a través de la satisfacción que les produce jugar.
Los juegos de los niños deberían considerarse como sus actos más serios, decía Montaigne. Están llenos de significado porque son consecuencia de procesos internos que aunque nosotros no entendamos debemos respetar. Si nuestra meta es conocer a los niños, su mundo consciente e inconsciente, es indispensable comprender sus juegos; observándolos descubrimos sus adquisiciones evolutivas, sus inquietudes, sus miedos, aquellas necesidades y deseos que no pueden expresar con palabras y que encuentran salida a través del juego.
Lic. Carina M. Sívori. Psicoanalista. M.N. 20.662 - M.P. 91.463. Consultas al 4758-1740 ó 15-6953-7703.