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¡Qué lindas las vacaciones!
     
Es sabido que el período veraniego de vacaciones es esperado casi todo el año por grandes y chicos. Cumple una función de motivador para transcurrir la rutina, las obligaciones y responsabilidades anuales. A pesar de esta ansiada espera, no siempre cubre nuestras expectativas, no siempre termina siendo placentero. Conflictos, problemas, y hasta situaciones de stress logran convertir las vacaciones en un período caótico e interminable.
El verano es largo y generalmente los padres que trabajan tienen un período de asueto mucho más corto que los niños en edad escolar, lo cual ya genera un problema importante: ¿con quién dejamos a los chicos? Abuelos, parientes, colonias de vacaciones, son pocas las posibles soluciones a este inconveniente. Por otro lado los mismos chicos tienen altas expectativas en relación a cómo van a desarrollarse sus vacaciones. Salidas, piletas, viajes, invitaciones a amigos a casa, cine, compras… planes que muchas veces los padres no podrán cumplir por cuestiones laborales, económicas o de cualquier otra índole.
Del lado de los padres, las vacaciones rompen con la rutina, quiebran las reglas, costumbres y hábitos que se intenta todo el año construir. Horarios de sueño, de comida, de juegos se ven amenazados y destruídos por esta nueva situación. Obviamente hay personas a las que les resulta más fácil desestructurarse y adaptarse a las nuevas situaciones; otras no tanto: viven estos períodos como una amenaza a toda la seguridad y el control logrado durante el año lectivo.
Todo cambio radical en la dinámica familiar es en sí mismo estresante. Mientras los chicos van a la escuela, hay un cronograma semanal que se cumple, horarios para levantarse, comer, hacer tarea, bañarse e ir a dormir. En las vacaciones estos hábitos desaparecen y muchas veces, a pesar de no tener tantas presiones, se suelen vivir como un caos. Esto es normal frente a la falta de estructura, a la desaparición de cualquier orden bajo cualquier contexto.  Estamos acostumbrados a la rutina, los hábitos son parte importantísima de una estructura necesaria para la vida individual, social y familiar. Es una época donde pareciera que todo puede suceder.
En general, se intenta planificar las vacaciones llenando los días de actividades, dentro de las posibilidades de cada familia, viajes, cine, plazas, piletas, casas de compañeros, etc. Todo con tal de que ese chico no se aburra, que no aparezca ningún espacio en blanco que pueda desatar un conflicto. Somos los adultos los que debemos entender que no es necesario salir todos los días para pasarla bien. Muchas veces aparece un sentimiento de culpa de no poder llevarlos de vacaciones, pensando que esa es la única manera de disfrutar y pasar un verano increíble.           
 
Hay que valorar también el tiempo en casa. Para que las vacaciones sean diferentes al resto del año, hay que intentar descontracturarse. A veces quedarse en casa, ver la tele, dibujar, jugar, sin horarios, suele marcar la diferencia. Buscar actividades para hacer en familia, cocinar, mirar una película, jugar con agua, etc. puede potenciar la creatividad. Lo importante es hacer algo diferente, sentir que interrumpimos la rutina de las obligaciones y el stress y disfrutar de otras cosas sin apuro, para poder recargar energías y empezar mejor el año que viene.   
Para que las vacaciones no se conviertan en un trabajo, sean en casa o en otro lugar, deberíamos aprovechar estos días para compartir, conectarse con los chicos, con los adolescentes, apostar al diálogo, aprovechando el tiempo, este otro tiempo que una vez al año nos sorprende.
Lic. Carina M. Sívori. Psicoanalista. M.N. 20662 M.P. 91463
Consultas al 4758-1740 / 15-6953-7703