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La Verdad
Una de las preguntas más frecuentes que nos formulamos los grandes es si decir o no la verdad a los chicos, respecto de temas que nos/les inquietan a todos los seres humanos: ¿cómo llega un bebé a la panza?, ¿adónde van los que se mueren?, ¿por qué se fue papá?…Y las respuestas empiezan a deslizarse desde la más florida fantasía, revestida de imágenes y llena de palabras que suelen ir al lugar de las explicaciones, pero que sólo confunden a los pequeños interrogadores y hasta provocan el abandono de esa actitud investigadora.
En primer lugar, un niño que pregunta es aquel que ya está dispuesto a escuchar una respuesta. No será él quien determine cuál; si se trata de lo cierto, en caso de enfermedades, muertes, nacimientos, no implica nada del orden de las creencias, ni de las ciencias exactas en disertación académica. Algunos profesionales sugieren que los adultos respondamos a los chicos desde aquella creencia que sostenemos; la pregunta sería si la transmisión de nuestra creencia hace lugar a las de ellos o replica la nuestra, como si se tratara de la única, y ellos y nosotros, de lo mismo. Entonces respondemos con una “verdad”, de esas a las que los antiguos llamaban ontológicas, dejando de lado la lógica necesaria como para establecer una correspondencia entre aquello que es y lo que se dice y lo que se dice y  no es, prejuzgando la “inocencia” del oyente, la poética del hablante. En ese sentido el pensamiento infantil encierra en sí mismo cierta lógica, para nada inocente, y sus propias creaciones  poéticas quedan reservadas para el juego y más aún, para tramitar esas respuestas.
En la antigüedad, a las verdades se oponían las refutaciones. Los chicos traen, junto a la pregunta, la duda, la sospecha de que algo allí podría no ser de su agrado. Impedir que el desagrado se desencadene, desarrollando una respuesta falsa -como que la mascota que se enfermó y murió, se fue de viaje a la luna; que el abuelo vive en una estrella; (decirle) a un chico adoptado, que creció en el corazón de la mamá; ante el divorcio de los padres, que papá se fue a trabajar a un lugar que queda muy lejos y que justo llama por teléfono cuando estamos durmiendo, etc.- no admite la repregunta, no deja espacio para la refutación.
Podríamos decir que tampoco es necesario ubicarse como un catedrático de la realidad objetiva y desarrollar un simposio de medicina, astronomía, ciencias biológicas, ni dejarse llevar por las metáforas de la cigüeña, de los ángeles que nos llevan a upa hasta el cielo, del queso que reviste la luna, de las lágrimas de la abuela cuando llueve... Ni ciencia ni creencias, ni figuras retóricas con significados que se inscriben como verdades.
Es necesario como padres que podamos trabajar seriamente con nuestras propias incomodidades porque las respuestas que damos dejan marcas en nuestros hijos. Y ante la desorientación que adviene cuando nos confrontamos con la finitud, con la incertidumbre, con el desconocimiento o el temor mismo de decir lo que hay que decir, podemos sembrar en los chicos algo que, durante un tiempo, parecerá que alivia pero luego, angustia; algo que puede dejarlos enajenados silenciosamente a una fantasía, que tiene por función primera soportar los apremios de la vida, pero enseguida, expresada en palabras, ser experimentada como sensaciones, y más tarde, tomar la forma de imágenes plásticas y de representaciones dramáticas, y hallar representaciones en temores, en la alimentación, en el sueño, en el aprendizaje, en el lenguaje; porque un niño necesitará en algún momento, cotejar esa construcción con datos de la realidad.
Ante la duda, siempre se puede consultar con profesionales, cuando se trata de comunicar una muerte, una separación, una adopción; pero si la situación emergente se impone, decir la verdad a los chicos es garantizarles de algún modo la posibilidad de adquirir herramientas para vérselas con la realidad.
Lic. María Cecilia Dubois. Psicóloga. M.N: 58523.
Consultas y asesoramiento al: 15-5622-7591.