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LA EDUCACIÓN DEMOCRÁTICA DE LOS MÁS CHICOS

Es sabido que la democracia es una forma de organización social que atribuye el poder al pueblo. Se trata de un sistema político que defiende la soberanía y los derechos de los ciudadanos, quienes tienen la potestad de controlar a sus gobernantes mediante su voto y participación. ¿Cómo explicar este concepto a lo más chicos? ¿Cómo ejercer la democracia en casa, en la escuela, en el club, en la plaza?
Una de las características de la democracia es la existencia de una constitución que limita los poderes; y es en este punto en el que nos detenemos para señalar la facilidad con que se suele confundir la libertad con el despotismo que puede experimentarse cuando hay abuso de poder o bien, un funcionamiento no limitado por ninguna ley.
En época de elecciones, los chicos escuchan, ven, cuestiones referidas a la política: la tele está llena de propaganda;  la calle, de globos y ofertas proselitistas. En las escuelas se hacen simulacros de escrutinios, y allí también se ensaya  con frecuencia, en la elección del mejor compañero, del mejor alumno, del mejor deportista. ¿Se eligen representantes o se eligen líderes? Quién nos representa, en qué nos representa, qué son los derechos y preguntas de esa índole pueden plantearse a la hora de intentar definir lo que es “elegir”.
Es fundamental que los adultos hagamos lugar a estas inquietudes; responder y dialogar si los chicos toman la iniciativa, y si no, habilitar nosotros ciertos conceptos. El punto es si podemos sostenerlos, poner en cuestión las acciones que les corresponden y replantear qué queremos como ciudadanos para nuestros hijos: no confundir igualdad con horizontalidad ni paridad; distinguir lo que los derechos posibilitan y delimitan a la vez. Poder establecer, como padres, la diferencia entre el poder y la autoridad…
En la clínica se escucha la dificultad que se presenta respecto del dormir, de hacer las tareas, de ocuparse del orden de las pertenencias, de comer, de higienizarse; muchos papás expresan que hablan y repiten mil veces las cosas y los chicos no obedecen. Y ellos, pequeños déspotas, responden con indiferencia, silencio, malas contestaciones o simplemente, yéndose a otro ambiente de la casa. La duda que aflora en relación a qué hacer, es si se trata de medidas coercitivas, que repriman su libertad, y varían desde estados de culpa hasta una furia que se desencadena a partir de cada episodio, o si asumir con severidad algún tipo de castigo que remende las ínfulas de los pequeños.
En principio, revisar qué noción albergamos nosotros, adultos,  sobre esos conceptos. Nuestra función además de amarlos y educarlos es cuidarlos, protegerlos de algunas confusiones que pueden ponerlos en peligro, psíquicamente, físicamente, socialmente. Un adulto, padre, docente, no tiene poder; reviste autoridad, atributo que no va a ser dado por el pequeño interlocutor, sino que se ejerce en las acciones mismas, en los gestos, además de deslizarse en las palabras. Es muy importante que cuando un adulto señala qué hacer o no hacer, el niño comprenda que no se trata de represión, sino de cuidados: comer en un sitio en el que se come, bañarse, dormir a determinada hora -que es dormir, no ver tele hasta las tres de la madrugada- levantarse para ir al colegio, cumplir con las tareas que mandan los maestros, hacer deporte, desarrollar actividades artísticas, son hábitos que ordenan.
En una publicación anterior, hacíamos hincapié en  que poder ubicar una relación de superior que “ordena” a un inferior, como propone la RAE al buscar el término “mandar”, implicaría interceder en una estructura social en la que hubiera superiores e inferiores, y cuya desigualdad, obtura en materia de subjetividad, un análisis algo más serio en relación a los efectos del lenguaje. ¿Son los adultos esos “superiores” que ordenan y los niños, los “inferiores” que obedecen? Pues ahora podríamos asegurar que no, puesto que la igualdad de derechos no significa que haya igualdad de oportunidades; que somos iguales como seres humanos pero somos distintos, porque usted es un adulto y él o ella es un niño. También resaltábamos  la importancia de limitar ese anhelo de los niños de poseerlo “todo”, de quererlo todo, de obtener lo que su deseo les sugiere; no aún, sobre la peligrosa confusión en la que puede caer si esto le es prometido -otra acepción del “mandar”- . Cuando un sujeto dice “quiero”, no sólo está dando cuenta de su demanda, sino también, podría estar haciendo referencia al miedo que puede estar experimentando ante la falta de un interlocutor, ese prójimo que funciona las más de las veces como “garante” de sentido, y cuya ausencia, podría colaborar a sostener, al menos desde el lenguaje, esa omnipresencia, esa violencia intersubjetiva, como variante de organización. Y sin sentido, sin sostén, con violencia y sin ningún tipo de organización, los chicos sufren.
Porque no se trata de atribuir ni de quitar poder ni de ninguna estrategia de control; se trata de que hay situaciones en las que se puede dar la palabra, el voto y hacer lugar a la participación, como en colaborar con las cosas de la casa, ayudar a los hermanos, negociar el turno del baño o quién levanta la mesa y quién cambia el bidón de agua o repone el papel, y otras, en las que no se puede, por el bien de los chicos, confundir una familia con una democracia. La sociología utiliza los conceptos de rol, uno adscrito y otro, adquirido; el primero es, en este caso, el de ser padres y el segundo, será, en tanto se realicen actos, se esfuercen criterios, se decida, y si existiera una complicación, se busque ayuda como para llevarlo a cabo, por el bien de aquellos cuyos derechos tenemos la obligación de preservar. En el club, en la calle, en la plaza, entre pares, se establecerán las reglas de convivencia más o menos democráticamente, en función de quienes participen y desde dónde lo hagan; para eso, podemos educar a los chicos, otorgando herramientas que sirvan para hacer valer sus derechos. Sin embargo, en casa y en la escuela, poder ordenar ciertas rutinas y hacer funcionar la ley, previene dificultades en el desarrollo a la vez que inscribirá en ellos algo del orden del cuidado y del amor.
Lic. María Cecilia Dubois. Psicóloga. M.N: 58523.
Consultas y asesoramiento al: 15-5622-7591.