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SI TE PEGAN…PEGÁ!
Frases similares se oyen recurrentemente en la puerta de jardines y colegios; algunos papás sugieren a sus hijos -ante el relato de ciertas escenas protagonizadas durante la jornada- que si un compañero los agredió, hagan lo mismo, con el argumento de “ lo necesario que es aprender a defenderse”:
Mamá -¿qué te pasó en la cara?
Nena de 6 años -(…) me clavó un lápiz
Mamá -¿Y vos qué hiciste? ¿Le dijiste a la maestra?
Nena -sí
Mamá -¿Y la señorita qué hizo?
Nena -Habló con ella y le puso una nota en el cuaderno
Mamá –Ja!…le hubieras pegado, así aprende a no molestar…
Somos muchos los docentes, psicopedagogos y psicólogos, que insistimos a los chicos en que “a los golpes no se resuelve nada”; que hay que hablar, dialogar, explicar: decir que no, que duele, que molesta, que incomoda, y desplegar, no sólo el límite de su cuerpo, sino también, el argumento, una práctica que aún siendo adultos, resulta deficitaria.
Por un lado, es necesario que los chicos reciban en casa además de en la escuela y en los consultorios de los profesionales que los tratan y durante los primeros años de vida, que pegar, golpear, rasguñar, morder, empujar, son conductas inaceptables para la convivencia humana, y además, se inflige un daño a otro. Separamos, entonces, un acto violento, de la implicancia en un vínculo; es decir, ese otro investido como depositario de la agresión, no es cualquier otro: seguramente posee un objeto o un atributo que se desea, puede algo que uno no puede, o simplemente, quiere invocar, llamar su atención, “comunicar” algo o instaurar una presencia o un registro de sí, que no se ha aprendido aún que es posible por otra vía.
El modo -pegar, por  ejemplo- es un recurso vincular; tanto el que golpea como quien es golpeado, están siendo participantes de una relación amor~odio, que reedita, como cada uno de los vínculos de nuestra  vida, la relación de amor~odio,  que se establece entre hijos y padres.
Es por eso, que un papá o una mamá que indica que se pegue, si se ha recibido una agresión, no hace más que reforzar ese modo que se ha incorporado de manera disfuncional, a partir de la experiencia, además de estigmatizar al agresor y adjudicarle el castigo merecido, en una dimensión objetiva, con una conducta que a los 6 o 7 años, posee una enorme carga simbólica.
¿Cómo se actuará,  entonces? En este plano, el vincular, lo simbólico se interviene con símbolos; y no hay nada más simbólico que la palabra. Lejos de arbitrar recursos culturalmente nocivos, como la culpa, el extrañamiento del otro diferente, los premios y los castigos, y prácticas medievales que en lugar de tolerar la diferencia, la confirman, es posible dar valor a las palabras: chicos que han sido “hablados” desde siempre, alimentados, abrigados, amados- mediando la palabra- con lo que eso implica en términos de salud vincular, raramente se comunican a través de golpes. Y en caso de que así fuera, nos encontramos ante la presencia de una dificultad momentánea para expresar lo que se desea, que puede modificarse, en tanto ese “golpeador” es comprendido y, por supuesto, señalando que esa no es la mejor manera, que existen otras; porque probablemente, hay que insistir en la posibilidad de elegir entre varias opciones.
Que una situación violenta quede impresa en nuestros hijos como algo injusto ante lo cual hay que impartir “justicia” de esa misma índole, es habilitar la violencia y no, erradicarla.
Proponemos, frente a estos acontecimientos, que en lugar de decir “si te pega, pegá”, palabras menos cargadas de rencor, como “si te pega preguntale qué necesita de vos”. “Si te pega, decile a alguien más si vos no podés, o decile que no te gusta y que te hace mal que te lastimen”. Y así, a través de la palabra, aplacar la angustia y la ansiedad no sólo de quien ha sido agredido, sino de quien no pudo hallar otra manera de decir. Y procurarnos, entre todos, una sociedad menos signada por al violencia…

María Cecilia Dubois. Docente. Técnica Psicológica. Asesora de padres. Consultas al: 15-5622-7591.