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¿Cómo pasar unas lindas vacaciones?
Julio es un mes fuera de lo común para aquellas familias que tienen niños en edad escolar. Es un mes donde las vacaciones de invierno vienen a quebrar las reglas, las costumbres y la rutina familiar.
La reflexión posible no es acerca de las bondades de los días vacacionales sino de por qué suele terminar siendo un período estresante e interminable.
Obviamente padres que siguen teniendo las mismas obligaciones y horarios laborales ya son un conflicto en sí mismo. Hay que encontrar quién se quede con los chicos, cosa que no es tan fácil en una época donde generalmente los abuelos también trabajan o tienen sus propias actividades programadas. Esta situación ya es agobiante y una preocupación que ocupa a los padres meses antes de las vacaciones.
Todo cambio radical en la dinámica familiar es en sí mismo estresante. Mientras los chicos van a la escuela, hay un cronograma semanal que se cumple, horarios para levantarse, comer, hacer tarea, bañarse e ir a dormir. En las vacaciones estos hábitos desaparecen y muchas veces, a pesar de no tener tantas presiones, se suelen vivir como un caos. Esto es normal frente a la desaparición de cualquier orden bajo cualquier contexto.  Estamos acostumbrados a la rutina, los hábitos son parte importantísima de una estructura necesaria para la vida individual y social. Ordena y hace sentir seguros. Es la seguridad que falta en el receso escolar y aparece una época donde pareciera que todo puede suceder.
De más está decir que los niños quieren hacer de todo en sus vacaciones, todo aquello que no pueden hacer durante el año.
En general, se intenta planificar el receso escolar llenando los días de actividades, dentro de las posibilidades de cada familia, cine, teatro, plazas, casas de compañeros, etc. Todo con tal de que ese chico no se aburra, que no aparezca ningún espacio en blanco que pueda desatar un conflicto.
Pero las salidas suelen aparecer pegadas a las palabras “quiero” y “me comprás”, pareciendo que nada los satisface. Como siempre la mejor solución es el diálogo, aprender a decir que no, explicando las razones e intentando que valoren la salida como algo divertido en sí mismo y que esa diversión no dependa de lo que se pueda o no comprar. Saber decirles que no, es instalar un límite allí donde no lo hay. Que no tengan los límites lógicos de la escuela no quiere decir que todo está permitido.
Para eso los adultos tenemos que mantenernos alejados de esa especie de vorágine contagiosa que fomentan los medios de comunicación publicitando todo tipo de eventos, que muchas veces desemboca en una competencia en los chicos de quién fue a ver más espectáculos. Somos los adultos los que debemos entender que no es necesario salir todos los días para pasarla bien.
Hay que valorar también el tiempo en casa. Para que las vacaciones sean diferentes al resto del año, hay que descontracturarse y esperar a ver qué tienen ganas de hacer ese día, tanto los niños como los padres. A veces quedarse en casa, ver la tele, dibujar, jugar, sin horarios, suele marcar la diferencia. Buscar actividades para hacer en familia, cocinar, mirar una película, etc. puede potenciar la creatividad.
Lo importante es hacer algo diferente, sentir que interrumpimos la rutina de las obligaciones y el stress y disfrutar de otras cosas sin apuro, para poder recargar energías y funcionar mejor el resto del año.
El objetivo de las vacaciones de invierno es hacer un paréntesis, y no tener que levantarse temprano los días más fríos del año. Estas razones, por sí solas, ya deberían ser placenteras para todos los niños, que tienen que aprender a disfrutar de los pequeñas satisfacciones de la vida en familia; y si pueden, salir a pasear sin tantas aspiraciones.
Para que las vacaciones no se conviertan en un trabajo, deberíamos aprovechar estos días para encontrarnos, reconocernos y compartir.
Lic. Carina M. Sívori. Psicoanalista. M.N. 20662 / M.P. 91463. Consultas al: 4758-1740 / 15-6953-7703.