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Espejito, espejito....

Partimos de una afirmación. El cuerpo es una construcción. ¿Qué significa esto? Cuando hablamos de construcción nos alejamos de lo biológico del cuerpo, de lo real del cuerpo, y nos sumergimos en un nuevo mundo, muy diferente, con diferentes normas: el mundo de lo simbólico. Cuando nacemos, somos un puro cuerpo real, regido por una serie de reflejos y sensaciones que desconocemos y que producen una única respuesta: el llanto. Sólo el vínculo con los otros, los cuidados y la mirada del otro nos va a construir como sujeto diferenciado. El bebé no diferencia, en un principio, su cuerpo del cuerpo de su mamá. Ambos forman una célula indiferenciada. En esta primera etapa el cuerpo es vivido como partes que no son distinguibles del mundo exterior. El bebé toma partes del propio cuerpo (pies, cuello, cabeza) y partes del cuerpo de su madre, confundiéndolos entre sí, sin poder diferenciar qué parte es propia y cuál pertenece al mundo exterior.
Hay un momento especial en la constitución del cuerpo como un todo unificado al que Lacan llamó Estadío del Espejo. Su atravesamiento implica que el bebé empezará a mirarse a sí mismo a través de los ojos de su mamá, construyendo de este modo una imagen mental de sí. Esta etapa es central, porque el niño se mirará posteriormente a sí mismo de acuerdo a cómo haya sido mirado por sus padres.
Comentarios tan cotidianos como: -¡Tenés los ojos de tu padre! o –¡Sos idéntico a tu hermano cuando era chico! influyen en la construcción de una imagen propia.
Obviamente, la cultura en la que vivimos, influye también en la valoración y apreciación que tengamos de nuestro propio cuerpo. Hay ciertos cánones de belleza que la sociedad impone y a los cuales la mayoría quiere responder. En la actualidad, la dificultad que aparece es que esos cánones de belleza imponen un modelo al que muy pocas personas pueden acceder. Los medios masivos de comunicación ofrecen un modelo de belleza adolescentizado al que la mayoría no puede responder. Este fenómeno motoriza un círculo de tratamientos, actividades, cirugías, etc, que lo único que intentan es adaptar el cuerpo a lo exigido.
Pero más allá de lo que pasa en la actualidad, esta insatisfacción es estructural. Históricamente aparecen vestigios de este fenómeno en diversas culturas.
 En el caso de las mujeres jirafa de Birmania, la belleza se mide por los aros de latón que consigan colocar en su cuello (puede llegar a medir 25 cm) hasta deformarlo. Si llegasen a quitárselo se les romperían los huesos de la nuca. A las adolescentes de Papúa Nueva Guinea, les estiran los pechos para dejarlos caídos. Sólo así podrán encontrar marido y casarse. Los labios deformados con discos de arcilla (cuantos más, mejor) es lo más admirado en las mujeres etíopes por los varones de su tribu. En cambio, las Txucarramae del Brasil se afeitan la cabeza para que sus compañeros las puedan acariciar. Otras optan por limarse los dientes hasta dejar al aire sus encías. Se tatúan el cuerpo a pesar de las infecciones que luego padecen.
En nuestra cultura, la tecnología avanza, la globalización nos acerca, y la insatisfacción insiste.
¿Por qué nos es tan importante la mirada valorativa del otro (que en definitiva es la sociedad)? Volvamos al principio: aquello que nos construyó fue la mirada del otro. Y para el otro, nada es suficiente.

Lic Carina M. Sívori – Psicoanalista - M.N. 20.662 - M.P. 91.463. 
Consultas al: 4758-1740 ó 15-6512-3828