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Con ustedes… la rutina.


Este momento del año es aquel donde generalmente se vuelve a ciertas rutinas. Las vacaciones terminaron, comienza un nuevo año laboral, estudiantil, etc. Y en este caso la pregunta recae sobre el concepto de rutina. Según la definición del diccionario, una rutina es una costumbre arraigada o un hábito adquirido por mera práctica que permite hacer las cosas sin razonarlas. Significa que una rutina es un automatismo que podemos hacer mientras estamos pensando en otra cosa. Por lo tanto, la rutina de alguna manera nos impide ser conscientes del momento presente.

Por eso muchas veces tomamos conciencia de nuestras rutinas, precisamente cuando tenemos la oportunidad de objetivarnos, de corrernos de ese lugar, como por ejemplo, en las vacaciones. Lo que puede ser una de las razones por las que cuesta tanto volver a los horarios y obligaciones… sabemos lo que se viene, sabemos lo que nos espera. Luego de un período de adaptación, la rutina logra dejarnos inconcientes… sin conciencia real de lo que hacemos automáticamente día a día.

No se puede negar que ciertas rutinas son necesarias, al vivir inmersos en una cultura hay ciertas regularidades que se deben cumplir. Cuando nace un bebé sus padres pasan los primeros meses, o quizá los primeros años de vida, intentando instalar ciertas rutinas, horarios de sueño, de comidas, cepillarse los dientes, etc., no vamos a pedir que cuando crezcan se despojen de ellas. Necesitamos de la rutina. La clave es que no invada nuestra vida en general. Se debe aprender a ser selectivos y usar los automatismos sólo para lo que sea estrictamente necesario, si no prestamos atención a esto quizá logremos tener una vida en piloto automático.

¿Qué hace que la vida pueda terminar teñida totalmente de rutinas?

Para contestar esta pregunta debemos tener en cuenta que estamos en una época llena de contradicciones: las personas se quejan de su rutinaria vida, pero al mismo tiempo poseen un arraigado temor al cambio, a lo nuevo. Y en esa disyuntiva, muchas veces lo más cómodo y seguro es aferrarse a lo conocido. Y lo conocido y cómodo se va filtrando de a poco hasta que lo humedece todo.

Culturalmente tenemos hitos, rituales, que ayudan a desempolvar las arraigadas prácticas cotidianas sin que nos demos cuenta. Cumpleaños, Festejos de Navidad, Pascuas, feriados, vacaciones, aniversarios, etc., son ansiosamente esperados, no sólo porque algunos de ellos vienen acompañados de descanso o regalos, sino porque larvadamente ayudan a romper la rutina. Sacuden nuestra organización y estructura.

Obviamente va a depender de las características de personalidad de cada uno, la manera en la que disfruten o transcurran estos “desarreglos” en lo acostumbrado. Hay personalidades más rígidas que padecen todo cambio en lo rutinario, y otras más flexibles que se adaptan fácilmente a los cambios. Es común observar personas que se enferman durante sus vacaciones, que sufren desarreglos de todo tipo, que detestan todo tipo de festejo, y más si son sorpresivos.

El agobio de la vida cotidiana muchas veces se confunde con depresión. Parece que nada interesa, nada estimula a seguir. Pero son estados muy diferentes. Una cosa es estar deprimido (patología multifactorial que necesita ayuda profesional especializada) y otra cosa muy distinta es estar aburrido. Cuando alguien se aburre de la rutina en la que está inmerso, es porque tiene conciencia de ella, con lo cual muchas veces el aburrimiento es un llamado de atención, que puede despertar una necesidad de cambio, que avive la creatividad y el cambio de mirada frente a lo cotidiano.

En conclusión, no se debe temer a la rutina ya que es necesaria, se debe tratar de no caer en una rutina vacía, sin sentido y automática. Ser concientes de lo que nos pasa y aprender a valorar lo nuevo o diferente que se abre paso en la costumbre.

Lic Carina M. Sívori. Psicoanalista. M.N. 20.662 M.P. 91.463. Consultas al 4758-1740 o al  15-6953-7703.