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Volver al cole
Muchos recordamos la noche anterior al comienzo de clases: insomnio, miedos, fantasías, ansiedad…Es que la vuelta al colegio es además, volver a la rutina, a los horarios ajustados para dormir y comer, a la preocupación de la tarea sin hacer, a acotar el juego y a tener que esperar los fines de semana o feriados para la recreación sin límites y con amigos…Y aquí nos detenemos, pues- pasados varios días de vacaciones de nuestros hijos- los papás comenzamos a desear con cierta ambigüedad esa rutina, que además de comprometernos con las mismas obligaciones, organizan la casa.
Los chicos en edad escolar necesitan imperiosamente prácticas y costumbres inveteradas, sobretodo si se tiene en cuenta que además de conductas, los seres humanos poseemos una riquísima vida interior: realizar actividades pautadas en demasía nos mantiene alejados de ella y no realizar ninguna, nos deja sumergidos en el marasmo de la contemplación. Y no se trata solamente de observar qué hacemos sino también, adónde estamos; un terreno -fuera de casa-  en que se incorporan y se depositan infinidad de aspectos de nuestra identidad, y que en definitiva, constituyen nuestras experiencias culturales.
¿Por qué algo de lo que más suena durante las vacaciones de boca de los chicos es “estoy aburrido” o “qué podemos hacer”? Los padres intentamos adaptarnos a esas necesidades expresadas por los hijos -pretendiendo que se trata de movimientos externos que entretienen y ocupan el tiempo- y ellos tensionan hasta extremos sumamente creativos las ocurrencias acerca de qué puede hacerse. Mientras tanto, los planes se han precipitado hasta alcanzar el mismo formato sistemático de las obligaciones del resto del año. Tal es así, que acabamos el período de receso escolar, todos agotados, envueltos en el trajín de un supuesto “tiempo libre” de los chicos, que nos empeñamos en llenar, así como se colma un recipiente. Y así vamos, ocupando los días de semana, los fines de semana, los feriados, con actividades que nos adoctrinan en relacionarnos con el mundo exterior acatando sus condiciones: por un lado, la noción de límite y realidad se interioriza a partir de allí, que es una de las grandes aportaciones de la escuela. La hora de matemática, recordar poner en la mochila los materiales de la hora de arte, el timbre del recreo…organizan y estructuran la percepción del tiempo, la responsabilidad, la atención y la acomodación a las normas que rigen nuestra vida. Pero también resulta vital la apercepción, es decir, dar sitio a la creatividad y aprender a gozar del tiempo libre, verdaderamente libre. Y dice D. Winnicott en este sentido: ¿cómo sabe un arquitecto qué casa va a construir si no ha gozado antes de la idea de qué tipo de casa le gustaría hacer?
Aprender a ajustarse a las normas es sumamente saludable en ciertos aspectos, pero vivir de manera creadora es un estado saludable también. Las normas conllevan sumisión, acatamiento; conductas que -como todo- son vitales en tanto conservan sus límites. Así como no puede vivirse absolutamente sumergido en el tiempo libre, sin ninguna pauta ni rutina que organice nuestro acontecer diario. Por eso es muy complejo hallar un término medio y más aún, en contextos familiares en los que ambos papás trabajamos y somos sujetos por nuestras propias ocupaciones. Pero no será la salida más adecuada para nuestros chicos, completar sus agendas al punto de saturar sus días, ni mucho menos, evitar que realicen actividades para que no se cansen, porque ya cumplen con las obligaciones escolares.
Si contamos con la dicha de permanecer durante el tiempo que no están en el colegio junto a ellos, fomentar un momento diario para realizar la tarea; acompañar no significa efectuarla en su lugar. Apoyar alguna actividad artística, deportiva o recreativa en contraturno, en el mismo colegio, en un club o centros barriales o culturales, ofrece a los chicos la posibilidad de socialización e intercambio que necesitan a la vez que descargan motrizmente la energía suficiente como para estar sanos y fuertes. Pero si el inicio de clases implica empujar a los más pequeños a un sinfín de propuestas, ocupaciones, actividades pautadas, obligaciones y ofertas de entretenimiento que provienen del mundo exterior, exigiendo de ellos el mismo grado de acatamiento y sumisión, sepamos que un enorme caudal de la creatividad que es necesario y vital desarrollar en edad de crecimiento, suficiente como para pensar, elegir, decidir qué hacer en un tiempo libre, será acallada, y no sólo terminará por generar conductas propias del agotamiento y el hastío en relación a las normas, propiciando la rebelión contra ellas, sino que impedirá una sucesión de maravillosos momentos que consisten en gozar, ya desde la idea, de proyectos genuinos- como la casa del arquitecto- que también hacen a nuestra identidad y nuestra calidad de vida.

María Cecilia Dubois. Docente.