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El niño que debe vivir en la adultez

Cuando se hace referencia al “niño que todos llevamos dentro”… ¿De qué estamos hablando? La literatura psicoanalítica se ocupa del uso que dan los chicos al juego, haciendo hincapié en lo que en el jugar hay de comunicable. Pero en los adultos, el jugar, pierde su lugar de medio privilegiado y pasa a convertirse en un clishé al cual se recurre como fin.
¿Cómo jugamos los adultos? Seleccionar las palabras al decir, ¿implica que nos “jugamos” al hablar? ¿A qué jugamos los más grandes? Suele mencionarse el niño interior si de actos ingenuos se trata. ¿Y qué hay de los actos no tan ingenuos? ¿Acaso no juega con la sensibilidad y sus emociones, las imágenes y las fantasías, un poeta? ¿Por qué será que un artista de la altura de Picasso, celebró que un oficial de la guardia nacionalista, intentara insultarlo juzgando su Guernica como una producción Infantil?
Ser adulto está asociado a las responsabilidades, a la madurez, a  la toma de decisiones. Ser niño, por el contrario, a la falta de responsabilidades, de compromisos, y es de esto de lo que nos jactamos cuando intentamos delinear un borde entre una y otra etapa. Al convertirnos en adultos nos mofamos de cierta seriedad, de abordar temas y situaciones con razón, de juzgar con criterio, de entablar relaciones maduras, de asumir con determinación nuestras elecciones y de distanciarnos de los excesos y las pasiones irrefrenables propias de los más pequeños y de los adolescentes. ¿Y el niño? Pues sería esperable que, como un artista, continuara siendo fuente de espontaneidad, capacidad lúdica y de algún impulso creador, ya que como escribió Milner -filósofo y ensayista francés- “los momentos en que el poeta primitivo que hay en cada uno de nosotros nos creó el mundo exterior, al encontrar lo familiar en lo desconocido, son quizás olvidados por la mayoría de las personas, o bien se los guarda en algún lugar secreto del recuerdo, porque se parecen demasiado a visitas de los dioses, como para mezclarlos al pensamiento cotidiano”.
Sin embargo, cuando aprendemos, cuando nos vinculamos con otros, cuando anhelamos, cuando necesitamos, cuando demandamos, hasta cuando nos analizamos, habla el niño; nos angustiamos y amamos u odiamos desde las entrañas, nos aferramos, desentendemos y hasta ejercemos la hostilidad y la ternura al modo infantil. Sólo que esta investidura de adultos nos advierte acerca de los límites a los que nos vemos ceñidos, y sobretodo, de comportarnos como adultos ante los niños y adolescentes que requieren de nuestra condición, para poder desplegar su infancia en términos de cuidado y respeto.
Si bien es cierto que hay niños que deben desempeñarse como adultos por alguna circunstancia que los empujó a tener que ubicarse en esa posición, y “hacen falta adultos”, como dice el Dr. Winnicott, quien suplica en Realidad y Juego que los adultos no abdiquemos de la madurez, también es cierto que de la niñez traemos esos “rasgos estimulantes de pensamiento creador, sentimientos nuevos e ideas frescas”, para hacer de la vida algo más que una topología.
Ser niño no es sinónimo de inmadurez; porque una cosa es tener pocos años o algunas experiencias de menos y otra, muy diferente, es haber acallado a ese poeta interior haciendo a un lado al niño que los grandes llevamos dentro, que merece también respeto y amorosos cuidados.
Lic. María Cecilia Dubois. Psicóloga. M.N: 58523.
Consultas y asesoramiento al: 15-5622-7591.