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Secretos Verdaderos

Novelas, canciones, mitos… Muchas de las expresiones que nos atraviesan guardan en sí y paradójicamente, el ruido que produce un secreto: paradógico, porque se sabe y no se dice a viva voz; se dice al rodearse “poéticamente”, en tanto creación ominosa, abominable, que es silenciada en pueblos, familias, grupos sociales, y bajo el manto de “ piedad” de lo no dicho, albergan por un lado la posibilidad de recuperar la historia de un sujeto o de su grupo de pertenencia, pero por otro, excluyen la posibilidad de autonomía, al tiempo que se sublima la necesidad de que sean develados.
Develar secretos, comunicar que son sabidos, es recuperar la historia: la historia de Atenas, la historia de Edipo, la historia de los países latinoamericanos, la historia de España, la historia del Imperio Romano, la historia de Argentina, la historia de mi familia… Mi propia historia… Suelen ser secretos en relación a nuestro origen, a adopciones, a enfermedades físicas o mentales, a la desaparición de personas, al destino que se les adjudica, pero también, a cuestiones patrimoniales.
En la clínica se oye la necesidad de saber sobre el origen, sobre la ubicación de los parientes de sangre, sobre las razones de abandono, sobre el sitio en que se encontrará ese pariente del que ya no se habla, sobre el destino de la fortuna familiar, sobre la procedencia del dinero del que dispone la familia, sobre ese hijo que se dice que no nació, sobre ese hermano que se supone que existe, sobre el tratamiento extraño que efectúan los padres y el diagnóstico oculto por un médico de confianza, sobre la ausencia repentina de un amigo que siempre ha estado allí y de un día para el otro ya no está, sobre las razones de los enojos, sobre el sentido de las decisiones que aparentan ser sin sentido, sobre el dolor de una mamá que huele a engaño, sobre la indiferencia de un papá que se tiñe de desamor, sobre la disputa entre hermanos cuya rivalidad es justificada, sobre los celos, los reclamos desmedidos, las demandas injuriosas, las muertes inexplicables, las llegadas inoportunas, las deudas heredadas, las herencias conflictivas… En definitiva, cada quien se indaga a sí mismo respecto de aquello de lo que “sabe” que no sabe nada, y que no es más que lo que estructura su subjetividad, atravesada de ese silencio fundacional, que es el silencio, la mudez, el agujero de lo inconciente, y que constituye un espacio vació, al que no sólo no podremos acceder, sino al que jamás podremos atribuir algo del orden del sentido que nos deje satisfechos. Es por eso que producimos, performateamos, creamos una realidad que lo sustituya, y se plague de una serie de argumentos, que otorgue alivio allí en donde no hay manera de obtenerlo en la dimensión de lo real.
En su texto “Lo ominoso”, Freud asegura que “Lo siniestro es aquella variedad de lo terrorífico que se remonta a lo consabido de antiguo. A lo familiar desde hace largo tiempo. Cómo es posible que lo familia devenga de ominoso, terrorífico, y en qué condiciones ocurre?”. Y se responde que “...la naturaleza secreta de lo ominoso... no es algo nuevo o ajeno, sino algo familiar de antiguo en la vida anímica sólo enajenado de ella por el proceso de la represión. Lo ominoso es algo que siendo destinado a permanecer oculto, ha salido a la luz”. Lo paradójico es que cuando sale a la luz se convierte en la más temerosa oscuridad, y que para evitarlo, se prohíbe -generalmente- nombrarlo, ponerle palabras a eso secreto, y se envuelve de historias otras, menos adversas, en las que los parientes se fueron porque debían, a los muertos se los llevó una ángel benévolo y nos miran desde una estrella, la fortuna ya va a aparecer, las disputas ya se van a arreglar, los abandonos adquieren indulgencia, las faltas pueden cubrirse con otra cosa. Pero es la naturaleza de lo ominoso, la que lo hace repulsivo y penoso, la que causa angustia y horror, la misma que lo mantiene a cualquier costo en la clandestinidad; aquello que nació para permanecer oculto, de repente sale a la luz, y es allí en donde el pensamiento, al modo infantil, adjudica vida a los objetos, representa presencias en donde no las hay, crea esperanza en torno a la suerte o el destino y desarrolla un juego de una lógica con consecuencias más adversas que el secreto mismo.
A veces suele confundirse lo secreto con lo íntimo: es íntimo el prodecer de mamá y papá en su cuarto, aquella noche que hicieron el amor y gestaron un hijo; pero no puede ser “íntimo” el origen de la identidad de ese niño. No se relatan los detalles de su concepción pero sí les contamos los detalles de su nacimiento, porque allí está su historia, el inicio de su yo, la verdad de su existencia. Todos los chicos, atravesados por la pulsión de saber, por esa curiosidad propia de la infancia, comienzan a indagar respecto de su origen en algún momento: “mamá, ¿cómo nací?”, “papá, ¿cómo me conocieron?”, “¿de dónde viene mi hermanito?”, “¿por qué mi hermana es rubia y yo soy morocho?”. Pero nos encontramos con casos de personas adultas que se hallan con que esas preguntas nunca fueron pronunciadas, que lo han pensado, que lo sienten, pero que jamás lo han dicho. Y cuando se les pregunta por qué, responden que por el temor a ser rechazados o producir un conflicto o una molestia en el entorno familiar. ¿Cómo es posible que no se haga lugar a esa inquietud tan vital como la del propio origen? Sabemos de cientos de casos, muchos vigentes en la opinión pública, que devienen en análisis de ADN, juicios de abandono, de apropiación, de robo… Sabemos de casos de personas que al acceder a un estudio médico de rutina, se encuentran con que padecen alguna enfermedad de origen genético y de la que no han tenido conocimiento, y a la hora de averiguar por qué se les ha ocultado, reciben como respuesta que no supieron cómo decirlo, que fue por su bien o simplemente, con la negación de esa realidad.
¿Cómo hacer para tramitar aquella información con la que contamos a destiempo? ¿Cómo recobrar la autonomía arrebatada por el silencio de quienes deberían haber puesto en palabras algo tan fundamental como los detalles del origen o de la identidad de un ser humano? ¿Cómo recuperar la historia, dar autonomía al yo, aceptar las condiciones del silencio, alzar la voz frente al secreto familiar y dar lugar a aquello que aparece como nuevo, pero que es antiguo; que aparece como ajeno siendo propio, y que ha sido enajenado? Sin dudas el análisis ofrece un espacio en que, también de manera paradójica, se convida a “decirlo todo”, aunque decirlo todo en otro contexto, conlleva el riesgo de decir de lo íntimo, lo que daría cuenta de ciertas desorganizaciones. Porque insistimos: una cosa es decir todo, lo que hacemos, creemos, pensamos en contextos familiares y sociales, y otra muy diferente, es decirlo dentro del dispositivo analítico, junto a un profesional, que cuenta con herramientas para acompañarnos a hacer algo con ello. Pero sí es preciso decir lo que hay que decir y que forma parte de la identidad, de la historia de nuestras familias, sobretodo de nuestros hijos, a quienes debemos garantizar, no sólo el derecho a la educación y a la salud, sino también a saber quiénes son, de dónde vienen y a los que nos afanamos por esclarecer lo que significan para nosotros y el lugar que ocupan en nuestras vidas, pero que sin poder pronunciar y contar con información de su propia vida, evitando hablar de lo que hay que hablar, silenciando lo que hay que decir y custodiando esos secretos que consideramos horroroso, vergonzoso, conminamos  a la perpetuidad del misterio aquello que debe imperiosamente salir del mismo espacio de representación de lo íntimo.
Es probable que al saber, “el sujeto viva su humanidad como un desgarro” (Morey, M.: Lectura de Foucault); porque cuando hablamos, sentimos desfallecer. Pero el psicoanálisis constituye un encuentro con aquello que no puede nombrarse y un punto de inflexión y ruptura a la vez, con el límite que se erige entre lo simbólico y lo real: algo debe permanecer oculto, no simbolizado, irreductible, indescifrable, para quedar protegido y mantener su estatuto de causa del discurso. Pero hay otras significaciones, que ya han asomado y pueden ser sistematizadas nada menos que a través del decir, deben seguir su curso para no alterar ni distorsionar la percepción de la realidad. Ya se ha traspasado un límite, ya no hay secreto, ya asoma algo del sentido, que ni la poesía ni los mitos, podrán ayudar a disimular.
Lic. María Cecilia Dubois. Psicóloga. M.N: 58523.
Consultas y asesoramiento al: 15-5622-7591.