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EL RENDIMIENTO DE LAS PALABRAS


Si hay algo que inquieta a padres y maestros desde siempre, es el rendimiento escolar de nuestros chicos. Pareciera que las aptitudes para responder a los estímulos, aún continúan muy por encima de sus implicancias, en tanto las capacidades -de carácter singular- siguen sin hallar esa medida estandarizada que satisfaga nuestras necesidades, y mucho menos, un lugar para el desarrollo de las cualidades creativas y el deseo de investigación de los más pequeños. Siempre “falta” algo…
Es tan vasta y compleja la trama de factores puestos a funcionar en el aprendizaje, que todavía no puede evaluarse sin la correspondiente referencia al fracaso al que apunta no cumplir con las expectativas propuestas. En algunos sitios, como en Finlandia, parte del éxito de los programas educativos se debe a la decisión de no evaluar a los chicos hasta casi finalizado el proceso de aprendizaje, porque lo que se considera exitoso es el desarrollo social y sensible de los alumnos; poder ubicar el interés en estos aspectos, requiere poner en cuestión el sentido del rendimiento y el uso que se hace a diario de las palabras en relación a esta temática, porque eso que falta, no se encuentra rindiendo al máximo, sino dando provecho a lo que hay.
Hace algunos días, una noticia aterradora acerca de la muerte de una jovencita de 15 años, era titulada en los medios de comunicación como “La muerte de la abanderada”. Acababa tristemente la vida de una niña, de un sujeto humano, y más allá de las causas -asociadas particularmente a la negligencia de quienes debían cuidarla de una enfermedad crónica- es notorio que en el uso del lenguaje para referirse al trágico acontecimiento, el acento estaba puesto en su rendimiento académico. ¿Cuál es su nombre? ¿Quién es esta niña?
¿Qué es lo prioritario en el desarrollo de un niño? Cuántas veces juzgamos como inhibiciones ciertas respuestas, simplemente por no comprender que -como decía Piaget- hay concatenaciones complicadas del pensamiento, tanto, que  si algunas variantes “no son analizadas en un momento dado reaparecen más tarde como factores de perturbación”. Tanto las evaluaciones como los diagnósticos tiene por objeto calificar y clasificar a partir de un modelo ejemplar, de una matriz, que determina si el niño es apto o no para determinada experiencia; pero que un niño  sea capaz de mostrar un pensamiento lógico, de recordar mentalmente algunas variables y retener datos, que sea capaz de demostrar su habilidad para conservar ciertas propiedades de los objetos, para realizar una clasificación y ordenamiento, no significa que sea un niño feliz. Será más o menos feliz en la medida en que todas esas aptitudes se inscriban como recursos a los que poder echar mano en caso de ser necesarios a la hora de resolver una situación problemática de su vida cotidiana, como poder preparar su propia merienda y compartirla con amigos, u organizar un juego cuando está aburrido.
Luego, que un chico exhiba su  habilidad para pensar más allá de la realidad concreta, que pueda pensar en relaciones y arribar a ideas abstractas, no lo exime de sentirse a la intemperie en lo que al amor de sus adultos de cuidado y a  la aceptación refieren, y esto será solidario con una sensación de fracaso, aunque sus calificaciones señalen el alcance de los objetivos, si los adultos involucrados en su educación esperamos que traigan buenas notas, que sean abanderados, que obtengan por mérito sus medallas y diplomas y que rindan óptimamente mientras se les ofrecen opciones de estudio cada vez más exigidas en status, estado o condición en que se debe estar. ¿Hay un modo de estar? ¿El rendimiento es sinónimo de capacidad? Mientras nos enredamos en debates sociales del orden de la inclusión de las personas con alguna discapacidad, la aceptación, la convivencia, podemos pensar también en que ¿la exclusión puede ser del orden de la carencia de derechos, recursos y factores que hacen posible una participación social plena? Participar plenamente de la vida social implica poder SER, no del modo en que se DEBE ser sino del modo en que cada quien PUEDE. Poder, deber, querer, rendir…Verbos que -desde el lenguaje- se ponen al servicio de la unicidad de la educación, negando, borrando la alteridad.
¿Y si en lugar de hacer rendir a los chicos en el colegio, hacemos que ciertas palabras se rindan?
Lic. María Cecilia Dubois. Psicóloga. M.N: 58523.
Consultas y asesoramiento al: 15-5622-7591.